Hay quienes preguntan por qué tenemos un supuesto interés en denigrar de Antanas Mockus en vez de centrarnos en resaltar las virtudes del candidato de nuestras preferencias. La pregunta es de gran validez pero la respuesta no lo es menos. De Mockus preocupan, entre otras, dos cosas: la primera es que su ascenso es producto de la respuesta emocional de un sector del electorado que es sumamente influenciable, los jóvenes, y no el resultado de un proceso político anclado en propuestas reales y tangibles. La segunda es que sus desatinos de campaña son enormes, es como si él mismo no supiera qué propuestas formular. Más grave aún si sus yerros se deben a que está  decidido a decir sólo lo que la gente quiere oír, lo que no lo hace ver como un candidato serio sino como alguien que está muy desesperado por conseguir el triunfo.

Muchas de sus declaraciones son verdaderamente preocupantes, y sus desmentidos ya son comunes y de antología. Los últimos, al momento de escribir esta columna, fueron los reversazos sobre el Polo Democrático y los sueldos de los médicos. Sobre el Polo había asegurado lo mismo que pensamos la mayoría de los colombianos: que en su retórica aún abundan posiciones que justifican la violencia subversiva. Luego trató de rectificar aclarando que sólo era una parte del Polo y que Petro era de la parte de los ‘buenos’. Con respecto al salario de los médicos, Antanas dijo en un debate televisado que si un administrador público podía contratar médicos de buena calidad por menos de un millón de pesos, probablemente debería hacerlo. Al día siguiente tuvo que salir a decir que en un hipotético gobierno suyo no reduciría el sueldo de los médicos.

Por cierto que a una semana de la primera vuelta, nadie sabe qué propuestas tiene Mockus en materia económica porque hasta aquí no lo ha dicho y porque su equipo económico reúne una serie de extraños personajes de cuya unión no es claro qué pueda esperarse. El candidato es neoliberal y lo apoya el más acendrado de los neoliberales en Colombia, Rudolf Hommes; lo acompañan dos marxistas trasnochados como José Fernando Isaza y Salomón Kalmanovitz; y se ha unido al séquito Alejandro Gaviria, a pesar de que en el pasado descalificó fuertemente a Mockus en sendas columnas de opinión.

Pero centrémonos en Santos. El mayor ‘pecado’ de Juan Manuel Santos es su falta de carisma o don de gentes, lo cual ni es un impedimento para aspirar a un cargo de elección popular ni tiene relación alguna con los resultados en la gestión de un gobernante. Incluso, el carisma puede esconder las falencias de los candidatos ante los ojos de los electores, por lo que es preciso prestar atención a los hechos objetivos y no a intuiciones o especulaciones. Y los hechos objetivos favorecen a Santos.

Es una necedad desconocer las capacidades de Santos sólo por pertenecer a una familia de abolengo, por lo cual –aducen algunos– carecería de méritos para los cargos que ha ocupado. Si a ello vamos, en realidad se trata de una fortaleza que en cualquier país se aprovecha sin demora, sobre todo si consideramos que Santos carga un importante legado heredado de su padre y su abuelo, de quienes debió recibir grandes enseñanzas.

Veamos los hechos: Santos prestó servicio militar en la Armada Nacional, a diferencia de la casi absoluta mayoría de personas de su misma condición social, que suelen ‘comprar’ la Libreta Militar; Santos estudió Economía en importantes universidades como Harvard, donde el prestigio suele ir de la mano con la exigencia académica;  Santos ganó vasta experiencia como representante de la Federación Nacional de Cafeteros en Londres y como subdirector de El Tiempo, el periódico más influyente del país; y Santos demostró sus capacidades en tres ministerios: Comercio, Hacienda y Defensa, en el último de los cuales ejecutó los golpes más fuertes que se le han propinado a la subversión en 45 años.

Hasta sus enemigos le reconocen una cualidad fundamental para un exitoso ejercicio político: se rodea de excelentes colaboradores, arma fuertes equipos de trabajo y sabe delegar. Eso le permite señalar claramente los objetivos y materializarlos. Ejemplo de lo anterior fue la unidad que le dio a los componentes del brazo armado (Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Policía) para realizar operaciones conjuntas, uniendo sinergias a partir de sus organismos de inteligencia.

Otra necedad es dejarse llevar por infundios que lo muestran como una persona ‘desleal’, cuando su lealtad para con el país ha sido intachable. No hay que prestarse a engaños, Santos es un buen candidato con un buen programa y una buena herencia: mantener el rumbo mejorando lo bueno y corrigiendo los desaciertos de un gobierno que salvó a Colombia.

Publicado en el periódico El Mundo, el 24 de mayo de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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