Se ha hecho mucha alharaca en estos años con el cuento de que el 35 por ciento del Congreso respondía a las organizaciones paramilitares. Es una acusación risible, porque antes de que los paramilitares llegaran, los políticos ya estaban ahí; es decir, los mismos políticos, los mismos gamonales, los mismos caciques… y ahí seguirán.

Como en el cuento de Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), pasarán narcos, ‘paras’, guerrillas y demás, mientras los mismos politiqueros estarán ahí, y sus hijos, y los hijos de sus hijos, porque los seguimos eligiendo. Y esto se hace evidente cuando se ve a gentes de cualquier estrato, todavía, a estas alturas, pidiendo votos por el que le va a dar trabajo al hermano o al cuñado. En cualquier conversación sobre elecciones a corporaciones públicas, priman los comentarios sobre el diputado o el congresista que controla todos los puestos en esta o en aquella región. Y, por supuesto, sobre los que dominan la contratación, que es el interés principal en los estratos altos.

Es difícil, pues, sentirse optimista con el Congreso que se ha elegido, con honrosas excepciones. Es cierto que, por lo menos en apariencia, se asegura la gobernabilidad. Pero es que preocuparse por la infiltración ‘para’ ha sido una búsqueda del ahogado río arriba y de la fiebre en las sábanas. El hecho de que las campañas al Congreso cuesten varios miles de millones (por curul) cuando, en caso de ser elegido, se recibirá menos de mil en ingresos legítimos -y acaso insensatos- en todo el cuatrienio, es la prueba reina de que ahí está la llave maestra de los por lo menos 4 billones de pesos que los corruptos le están arañando al presupuesto cada año.

Y, obviamente, las deseadas reformas que requiere esta Corporación se quedan en veremos porque ningún vicioso se rehabilita a sí mismo. Sigue siendo pertinente reducir el Congreso a una sola Cámara de 100 o 150 integrantes, abolir cualquier forma de carrusel, reducir los ingresos de los parlamentarios a no más de 20 salarios mínimos, eliminar la pensión de congresista, castigar el ausentismo, reducir la reelección a no más de cuatro periodos (Peñalosa propone que sean sólo dos), crear inhabilidades a parientes de congresistas para evitar las herencias mal avenidas, etcétera.

Pero eso no es lo único que requiere reformas urgentes. La Registraduría Nacional está desempeñando un papel vergonzoso que debería culminar en la renuncia del registrador Nacional, Carlos Ariel Sánchez, sin detrimento de las enmiendas que deben aplicarse al Código Electoral.

Los comicios deben regirse por el sentido común, la claridad, la facilidad; no la complejidad y la confusión. No puede haber tarjetones con tres secciones distintas, según la circunscripción, como el de Cámara. No puede haber tantas votaciones sobre temas distintos el mismo día. En el 2002, aun con foticos en el tarjetón, los votos nulos para el Senado fueron 355.070; en el 2006, ya sin fotos ni nombres, los votos nulos fueron 1.212.004. Los votos nulos de ayer están por el orden del millón y medio.

Si bien es cierto que el número de sufragantes se incrementó en tres millones, también lo es que el censo ha aumentado significativamente. Y es muy probable que la participación mejore si este galimatías electoral se acaba. Hay que empezar a introducir el voto electrónico y también limitar el número de inscritos en las listas, hay que hacer verdaderamente atractivos los estímulos electorales, aumentar el horario de votaciones hasta las seis de la tarde, como en muchos países, o alargar las votaciones durante varios días, de acuerdo con el número de la cédula. En fin, algo hay que hacer.

Pero más grave que la complejidad de la votación, es el pobre desempeño de la Registraduría en el conteo de la consulta del Partido Conservador. Sería el colmo alimentar dudas hasta el sábado, cuando lo que está en juego es la Presidencia misma. El sistema tocó fondo.

Publicado en el periódico El Tiempo, el 16 de marzo de 2010

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández