No vale la pena buscar la fiebre en las sábanas mundialistas, ni siquiera en la lluvia. Tampoco hay que creer en teorías absurdas como esa de que la Operación ‘Camaleón’ fue un montaje de Uribe para darle a Santos el empujón final. ¿Tanto es el poder que le atribuyen los antiuribistas al Primer Mandatario?

La verdad es que la gente es más sensata que nuestra clase dirigente. Para nadie tiene sentido gastarse 90.000 millones de pesos (pólvora en gallinazos, con el perdón debido) cuando en primera vuelta hubo un resultado contundente; a ojo sacado, no hay segunda vuelta que valga. Ese es uno de los muchos yerros de la Constitución de 1991. Es que doblar la votación del segundo en primera vuelta debería ser concluyente. Bien dice Alfredo Rangel que “(en Argentina) si un candidato saca más del 40 por ciento de los votos con una ventaja de más de 10 puntos sobre el segundo, no hay segunda vuelta” (Semana, 01-06-2010). La falta de sentido común lesiona la democracia.

Que no se diga ahora que el incremento de la abstención en segunda vuelta (5 por ciento más que en la primera, 1’443.362 votos menos) le resta legitimidad al gobierno de Santos. Más bien, habría que aceptar que la votación fue notable, aun cuando en las dos experiencias anteriores, en 1994 y 1998, la abstención se redujo en segunda vuelta en 10 y 7 por ciento, respectivamente. En ese entonces también se votó en medio de mundiales de fútbol en los que, por cierto, estaba participando la Selección Colombia, con la diferencia de que dichos comicios estuvieron más apretados en primera vuelta: en 1994, Samper aventajó a Pastrana por poco más de 20.000 votos, y en 1998, Serpa lo aventajó por cerca de 40.000. En esos casos, el ballotage es más que justo.

Ya sabemos que los votos muy difícilmente se endosan. Si sumamos a la votación de Santos en primera vuelta (6’802.043) los votos de Vargas Lleras, Noemí y el Partido Liberal, se alcanza un total de 9’807.791, o sea 800.000 votos más de los obtenidos. Eso demuestra que no todos fueron obedientes; ahí estuvo buena parte del aumento de la abstención.

En cuanto a los votos del Polo Democrático (1’331.267), podría decirse que 312.214 de ellos fueron a engrosar el número de votos en blanco, nulos y no marcados, que casi se duplicaron en segunda vuelta, al pasar de 432.404 a 744.618. De los restantes, 454.597 se sumaron a la votación de Antanas Mockus, que tuvo un incremento del 14,5 por ciento, y 564.456 votantes se abstuvieron. Si estos los sumamos a los 800.000 de arriba, tenemos casi el total de indecisos que, entre vueltas, prefirieron abstenerse.

Vistas así las cosas, no hubo votos nuevos en segunda para ninguno de los candidatos, ni siquiera para Mockus, que cerró las puertas a cualquier alianza y se centró en una fórmula de Coquito: que cada uno de sus tres millones de seguidores convenciera a dos amigos para sumar nueve. ¡Vaya descubrimiento!

No puede negarse, sin embargo, que, si la primera vuelta concedió a Santos un triunfo contundente, la segunda no fue inferior (aumento del 32,38 por ciento), lo que ofrece una victoria tan aplastante que, si antes se hablaba de unanimismo en torno de las iniciativas del presidente Uribe, la unidad nacional de Santos ya tiene tintes de amancebamiento, sobre todo por la presencia de oportunistas que han sido particularmente críticos del gobierno saliente, cuya cabeza visible sigue siendo el dueño del balón y de los voticos.

Decir que toda Colombia es santista –mapa anaranjado con excepción del Putumayo– es una galantería que el presidente electo merece. Pero lo real es que el país sigue siendo uribista, cosa que quedó en claro desde los comicios parlamentarios. Y si Santos lo entiende así, tendrá que ir en contravía de esas aves de mal agüero que –cual insoportables vuvuzelas– machacan que debe desmarcarse de Uribe cuando, más bien, deberá hacerlo de muchos politiqueros que se le colaron en la fiesta y amenazan arruinarla.

Publicado en el periódico El Tiempo, el 22 de junio de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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