Al pensador francés Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, se atribuye una frase que reza: “El estilo es el hombre”. Traigo esa máxima a colación porque a partir del próximo 7 de agosto los colombianos nos veremos abocados no simplemente al arribo de un nuevo gobernante a la Casa de Nariño sino, principalmente, a un cambio de estilo. Eso supondrá un profundo contraste entre las maneras de gobernar del mandatario saliente y el entrante, frente a lo cual el primer reto de Santos consistirá en demostrar que puede lograr resultados a su estilo, y sin que haya que invocar a Uribe cada vez que haya problemas, como si fuera el cadáver embalsamado del Cid Campeador.

Claro que no puede decirse que el único cambio sea de estilo. En el fondo, Santos recibe un legado que deberá cultivar con esmero –como en aquella parábola bíblica de los talentos– si quiere obtener logros nuevos, logros suyos, con base en lo alcanzado en los últimos ocho años sobre todo en materia de seguridad y de estímulo a la iniciativa privada.

No obstante, ese cambio de estilo podrá sentirse en hechos concretos: pasaremos de la microgerencia y la ubicuidad del Presidente Uribe a una clara delegación de funciones donde cada cual tendrá que asumir su responsabilidad política. Santos gusta del trabajo en grupo, se suele rodear bien y es obsesivo en la búsqueda de los objetivos trazados; ahí tendrá sus mayores fortalezas. Pero, al mismo tiempo, no veremos un mandatario cazando peleas innecesarias sino conciliando hasta con sus peores enemigos y tragándose las ofensas. De un amansador de bestias (y de fieras) pasaremos a un habilidoso jugador de póker que, como tal, hace un llamado a la unidad nacional para darle fin a la pugnacidad y la crispación de los últimos tiempos, escenario que favorecía a Uribe pero que para Santos puede resultar inconveniente.

Ese escenario de unidad no significa una reedición del Frente Nacional, con su reparto milimétrico del Estado. Se llama a engaños quien crea que alguien del talante de Santos va a compartir el poder, gratuitamente, con muertos políticos como el ex presidente Gaviria, cuando lo que se propone es unir a las diversas fuerzas políticas en torno de lo fundamental –lo que predicaba Álvaro Gómez Hurtado– con el fin de poder ejecutar las transformaciones que el país requiere para dar un salto definitivo al desarrollo, acabando con la pobreza y la extrema desigualdad que han servido para justificar nuestras violencias.

Santos no quiere ser Presidente sólo para entrar al club de los ex presidentes sino para pasar a la historia; y si bien, para muchos, le sobra arrogancia, también le sobra preparación, arrojo y una buena estrella que nunca ha de faltar en las grandes empresas. La unidad que propone es un acto de pragmatismo político que aparta del camino nuestra típica antropofagia, con la cual es imposible hacer grandes avances.

Santos pondrá a prueba esa diligencia y el empeño que ha enseñado en otros cargos para emprender, sin dilaciones, ambiciosas reformas y programas que requiere el país en diversos frentes como el económico, donde dejó sentada su principal promesa como es la de generar 2,5 millones de empleos nuevos y formalizar medio millón más.

Pero no se quedará ahí. Implementara planes para luchar contra la corrupción, limar asperezas en el vecindario, combatir la impunidad mejorando los estándares de la Justicia, impulsar la infraestructura, avanzar en educación, optimizar el régimen de salud, manejar el déficit y consolidar la seguridad en las ciudades, entre otros. Incluso, no tendrá problemas para poner en práctica lo más rescatable de las propuestas de los otros candidatos en los más diversos temas.

La necesidad de mantener la Seguridad Democrática pudo más que la promesa de “moralizar” a los colombianos, y no hay nadie más indicado que el ex ministro de Defensa para preservar esa conquista. Más aún: en este momento no hay ningún espacio para hablar de intercambio humanitario o de diálogos de paz con las guerrillas. Sin embargo, sólo un Presidente firme como Santos puede llegar a verdaderos y definitivos acuerdos, y él no se negará a materializar esa posibilidad si se presenta la ocasión.

No olvidemos, sin embargo, que esto es Colombia, un camino de pétalos de rosas pero con sus tallos bien llenos de espinas.

Publicado en el periódico El Mundo, el 22 de junio de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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