No quiero pecar de aguafiestas pero no comparto el optimismo de la mayoría de analistas sobre los resultados de la cumbre entre Juan Manuel Santos y Hugo Chávez en Santa Marta. Más bien, todo esto me parece un ‘déjà vu’ de una comedia que se ha repetido varias veces con distintos actores en el papel de Presidente de Colombia (Pastrana, Uribe y Santos) pero el mismo en el papel de Presidente de Venezuela.

Chávez vino, vio, venció y nos metió los dedos en la boca. Trató de apabullarnos con su parafernalia de nuevo rico a pesar de que su país se derrumba. Trajo centenares de emisarios de avanzada y de miembros de su equipo de seguridad, lujosos vehículos blindados para hacer un recorrido de unos pocos kilómetros, y aviones individuales para el canciller Maduro, para Néstor Kirchner y para él mismo. Una ostentación propia de gobiernos de países ricos, no de uno que no tiene con qué pagarnos los 800 millones de dólares que nos adeuda, y con la que nos ha querido deslumbrar en otras ocasiones, como en los shows que montó para la liberación de secuestrados con más aviones y más helicópteros de los necesarios.

Su traslado desde el aeropuerto hasta la Quinta de San Pedro Alejandrino se tardó más de lo normal por detenerse en tres barrios pobres a saludar gente que, incluso, le tenían pancartas de bienvenida. Ninguna casualidad, un acto propagandístico fríamente calculado y minuciosamente preparado con participación de personas afectas al chavismo. Chávez, que de lejos es el personaje más aborrecido en Colombia, tuvo la grosería de decirle a Santos, en su cara, que él no usaría ese supuesto respeto del pueblo para hacer aquí su revolución. Y, para colmo, trajo de chaperona al presidente de Unasur, a pesar de que Santos le había pedido un diálogo de frente y sin intermediarios.

Pero vamos a lo sustantivo: ¿Por qué Hugo Chávez pasó de insultar a Santos a estrecharle la mano? En una sola de sus alocuciones (que se encuentra en Youtube), Chávez se refiere a Santos con epítetos como “el señor de la guerra” y “el pitiyanqui número uno”, y lo califica de “amenaza para medio continente” por ser quien “negoció las bases con los EE.UU”. Luego se burla de las intenciones de Santos de ir a Venezuela a restablecer relaciones desde su primer día de gobierno advirtiendo que “si el pueblo colombiano, desgraciadamente, eligiera a Santos, (…) vendrá a hablar no sé con quién pero yo no lo voy a recibir aquí”. Y remata con expresiones gruesas como “Ese caballero es en verdad un mafioso”, “(un presidente) decente podría ser cualquier candidato menos el señor Santos” y “Si santos es presidente, con más razón tenemos que cerrar el comercio con Colombia totalmente”.

Pues bien, todo eso demuestra que si Chávez cambió de parecer es porque tenía mucho que ganar con el restablecimiento de relaciones entre ambos países. Ello le permite, entre otras cosas, 1) acallar las denuncias y las pruebas presentadas por el gobierno de Uribe que demuestran su apoyo a grupos terroristas; 2) exhibir una actitud conciliadora que mejore su imagen interna con miras a las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre; y 3) solucionar el problema de importación de alimentos, recurriendo a un proveedor inmediato y barato con el que Pdval –o ‘pudreval’– supere sus graves pérdidas económicas y el problema de alimentos descompuestos.

En contraste, tal vez los únicos beneficiados en Colombia, por este arreglo, sean los habitantes de frontera, pero pagando el altísimo costo de tolerar a un vecino que auspicia a nuestros enemigos. De hecho, no deja de ser paradójico que mientras el Washington Post (13/08/2010) recomienda al gobierno de Obama no tener embajador en Caracas si para ello hay que ignorar el apoyo de Chávez a la guerrilla colombiana, Juan Manuel Santos se apresta a ‘pasar la página’ tragándose semejante sapo, a sabiendas de que será cuestión de tiempo para que las relaciones con Chávez se vuelvan a deteriorar y de que no logrará, de su parte, cooperación en el combate de las guerrillas. Y hay quienes ven en esto una victoria de nuestra diplomacia y de la impronta de Juan Manuel, cuyo empeño es plausible. Sí, una victoria, pero pírrica.

Publicado en el periódico El Mundo, el 16 de agosto de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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