Los ataques contra a Álvaro Uribe son viejos. Arreciaron en 2001, cuando el candidato a Presidente se disparó en las encuestas. No había pasado un mes en la Presidencia cuando la oposición en pleno apostaba por la pronta caída de su popularidad, empujando el asunto con toda clase de calumnias y oscuros augurios.

De eso han pasado casi diez años y quienes tanto se han esforzado por demeritar a Uribe y su gobierno, han fracasado en forma reiterada. Basta ver que en encuesta reciente, Uribe se sitúa en segundo lugar, detrás del general Óscar Naranjo, pero por encima de Santos, quien lleva siete meses tratando de quedar bien con Dios y con el diablo. Y a pesar de no detentar el poder, el ex presidente sigue llenando auditorios en Colombia y recibiendo invitaciones para dar clases en las mejores universidades del mundo y dictar conferencias como una celebridad.

Como les ha sido imposible defenestrarlo, la estrategia es desprestigiar funcionarios, programas y logros, aun los transparentes como la Operación Jaque. Claro que los ataques no provienen todos de la misma parte, ni se puede considerar que entre sus gestores haya algún tipo de amangualamiento pues muchos son como el agua y el aceite y una de las pocas cosas que tienen en común es su odio contra Uribe.

Los más obvios están encasillados en la izquierda retrógrada y extremista: las Farc, Chávez, Castro y sus áulicos. Luego aparecen los viudos del poder, encabezados por los ex presidentes Gaviria, Samper y Pastrana, más el Partido Liberal en pleno. También figura la Corte Suprema de Justicia, que le hizo una oposición feroz a Uribe desde que este tomó partido por la Corte Constitucional como órgano de cierre de sentencias de tutela. Y en un grupo final podríamos ubicar una caterva variopinta de bandidos, entre paramilitares, narcotraficantes y corruptos de todos los tamaños.

Todos ellos tienen motivos de sobra para atacarlo: se interpuso en el proyecto comunista continental y arrasó a las Farc; mandó al ostracismo a los liberales y a muchos representantes de la política tradicional; extraditó un millar de narcos, incluidos los jefes ‘paras’, que estaban seguros de mantener su poder; reformó un centenar de ineficientes entidades del Estado y se hizo reelegir, cosa que hiere la vanidad de muchos.

Por eso, lo mejor que puede hacer quien llegue a la Primera Magistratura es no hacer nada para no pisar callos y pasar de agache para no equivocarse mucho. Hay quienes se preguntan si eso es lo que se llama ‘Unidad Nacional’. El hecho es que Uribe fue todo lo contrario a los mandatarios que hemos conocido y por eso mismo, por meterse en todas las ‘candelas’, es que es muy fácil criticar su gestión. Se les olvida que gobernar a Colombia no es soplar y hacer botellas, y que los desmovilizados no eran seminaristas ni monjas de clausura.

Es irresponsable amplificar la voz de unos bandidos que carecen de autoridad moral para venir a dárselas de censores. Si hubo desmovilizaciones falsas o narcotraficantes que se colaron en el proceso, fue por trampas de ellos mismos, ya que eran los únicos que podían certificar quiénes pertenecían –de una u otra forma– a sus organizaciones. Por eso, quienes hicieron trampas, deben ser excluidos de Justicia y Paz.

Como dice el ex presidente Uribe, la buena fe no se discute. Una cosa es equivocarse al otorgar algunas concesiones –¡liberar a Granda también fue una terrible concesión!– y otra, muy distinta, es obrar de mala fe. ¿O será que el ex presidente Gaviria –“el ladrón juzga por su condición”, dice el refrán– obró de mala fe cuando le otorgó la cómoda reclusión de La Catedral a Pablo Escobar?

(Publicado en el periódico El Mundo, el 14 de marzo de 2011)

 

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Posted by Saúl Hernández

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