No sé si fue algún tipo de espíritu aventurero el que llevó a don Alfonso Villegas a fundar EL TIEMPO hace 100 años y, más tarde, La República. Mucho menos, si sería consciente de que este diario se convertiría rápidamente en la principal tribuna de prensa de la incipiente nación y, con los años, en un conglomerado de medios que conquistaría el interés de inversionistas extranjeros.

Lo cierto es que Villegas fue un convencido del papel de la prensa, al igual que su futuro cuñado, Eduardo Santos, quien le compró EL TIEMPO en 1913. Ellos le dedicaron alma, vida y sombrero a este diario hasta convertirlo en una piedra angular de la democracia colombiana. Y basta con evocar a la joven Lorencita -la futura esposa de Eduardo- doblando los ejemplares que su hermano Mariano vendía por una ventanita, para comprender que en estas páginas ha sobrado la mística que siempre está presente en las más épicas hazañas.

Si centenares y miles de periódicos, en todas las latitudes y en todas las épocas, han sucumbido a pesar de los más denodados esfuerzos, ¿por qué no ocurrió lo mismo con EL TIEMPO, qué lo ha sostenido y fortalecido? A mi modo de ver, este periódico ha tenido el acierto de sintonizarse con el pulso de las mayorías desde el momento mismo en que fue fundado para defender el gobierno republicano de Carlos E. Restrepo.

Bien es sabido que EL TIEMPO se ha mantenido en su línea de defensa de la institucionalidad, en el entendido de que esta es imprescindible para desarrollar una verdadera democracia que otorgue esas garantías, derechos y libertades que los anarquistas tanto reclaman para abolirlas por completo cuando llegan al poder.

Claro que no hay nada perfecto y alguna falla -o muchas- se habrá cometido en 100 años. Pero el ‘gobiernismo’ del periódico ha sido fundamental para evitar un liberticidio en estas tierras gracias a que EL TIEMPO ha sido acertadamente pragmático. La Historia podrá juzgar, por ejemplo, la perversión que entraña el Frente Nacional, pero no podrá condenar las sanas intenciones de los conductores del diario al apoyarlo, deseosos de aliviar la oleada de violencia en que se debatía el país por entonces.

La norma del periódico ha sido, y creo que sigue siéndolo, la de velar por los intereses superiores de los colombianos. Y nadie podrá decir que por mantener una línea oficialista se ha carecido de pluralidad informativa, diversidad de opinión y, en suma, de libertad de expresión. Inclusive, si bien este periódico, al arbitrio de los tiempos, mantuvo por un buen trecho de sus 100 años una indiscutida fidelidad hacia el Partido Liberal, ha sabido ajustarse a las nuevas realidades y mantener su compromiso con el país y sus gentes, no con un partido, dejando de ser un brazo del liberalismo para ser un faro, para la opinión pública, verdaderamente independiente.

Desde hace décadas, estas páginas de opinión han marcado un punto de equilibrio fundamental para un país cada vez más diverso, hasta el punto de considerar a muchos de sus columnistas -en palabras de Alberto Lleras- como “ruedas sueltas”. Y eso somos, no hay censura.

Durante estos 100 años, EL TIEMPO ha sido testigo de excepción de la Historia del país, y su más fiel notario. Las cosas buenas y malas que han ocurrido en el planeta, en este siglo vertiginoso, han tenido un espacio en estas páginas. A fin de cuentas, la historia del periódico es la mitad de la historia de Colombia, un registro perdurable y valiosísimo ahora que algunos pretenden cambiarnos la Historia, destruyendo esas memorias que son los archivos de prensa de las bibliotecas públicas.*

En lo personal, queda el honor de ser una coma en este Quijote de 100 años, que no han sido de soledad sino de compañía, orientación y construcción para todos los colombianos. Un honor inmenso e inmerecido. Salud y larga vida.

(El Tiempo, febrero 1 de 2011)

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Posted by Saúl Hernández

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