El tema del tratado de libre comercio con los EE. UU. estuvo enterrado durante cinco años hasta que Barack Obama y los republicanos —que no son su partido— recordaron que la apertura comercial es un valor constitutivo de su país; tal vez evocaron la gesta del comodoro Perry, quien por allá en 1854 logró que el Japón le abriera sus puertas al comercio con los gringos, intimidándolos con los cañones de sus navíos de guerra.

También, por la misma época, Gran Bretaña forzó a la China a ‘comprarle’ sus productos pero de forma más perversa. Los británicos tenían un gran déficit comercial con los chinos, pues les compraban té, seda, porcelana, especias, etc., pero no lograban venderles nada. Entonces, de forma canalla los aficionaron al opio, como cualquier jíbaro de barrio que les regala drogas a escolares para enviciarlos, y los chinitos terminaron trocando sus excelsas mercancías por narcóticos, lo que desató las Guerras del Opio.

Lo cierto es que no han cambiado mucho las cosas desde entonces. Las grandes potencias tienen ventajas al momento de comerciar con otros países y suelen hacerlas valer, pero si los tratados comerciales no ofrecieran buenas oportunidades para todos, nadie los firmaría. En esto, más que en cualquier otro tema, no hay amistad sino intereses, pero la historia también muestra que el Japón despertó con el pacto que firmó con los gringos y dio inicio a una etapa de gran desarrollo industrial que, paradójicamente, los llevaría casi 90 años después a sentirse con el poderío militar suficiente para declararles la guerra a los norteamericanos. Claro que esa es otra historia.

Hay muchas razones que justifican la firma de un tratado entre Colombia y los Estados Unidos. En primer lugar, tenemos que se trata, de lejos, de nuestro mayor socio comercial. En 2010, nuestras exportaciones a EE. UU. ascendieron a US$ 17.764 millones (según el DANE), que representan el 45% del total exportado, que sumó US$ 39.820 millones. El segundo destino es la Unión Europea, en conjunto, con casi US$ 5.000 millones y en tercer lugar está Ecuador, con US$ 1.800 millones.

Además, nuestro superávit comercial con EE. UU. es ampliamente favorable, con casi US$ 7.000 millones en 2010, en tanto que es deficitario con muchos países como China (US$ -3.061 millones), México (US$ -3.056 millones), Alemania (US$ -1.345 millones), Brasil (US$ -1.207 millones) y Argentina (US$ -1.198 millones).

En segundo lugar, Estados Unidos y Colombia son economías complementarias, no unas que compitan entre sí elaborando lo mismo. El problema es que otras economías que sí son competencia de la nuestra ya tienen tratado comercial con el país norteamericano, entre ellos Chile, Perú, los centroamericanos del Cafta (Costa Rica, El Salvador República Dominicana, Nicaragua, Honduras y Guatemala) y, ahora, Panamá. De habernos quedado por fuera estaríamos en el peor de los mundos, perdiendo competitividad en nuestro mercado natural.

En tercer lugar, la mayoría de críticas al TLC provienen de prejuicios ideológicos que tratan de bosquejar panoramas catastróficos que no son reales, como decir que no podemos competir con EE. UU. sin infraestructura. Por un lado, no estamos compitiendo con los gringos sino, básicamente, con los otros países que tienen acceso a su mercado, y, por otro lado, con o sin TLC, para defendernos en el mercado global, necesitamos optimizar nuestros factores de competitividad, no solo la infraestructura.

Es cierto que el tratado deja sectores perdedores pero, en conjunto, ofrece un escenario favorable con muchas oportunidades que no se pueden desaprovechar. Y, tal vez, lo más importante de todo es que se trata de un reto que nos va a obligar a sacudirnos y hacer las cosas que siempre se han debido hacer.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 17 de octubre de 2011)

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Posted by Saúl Hernández

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