El inefable expresidente Pastrana –el mismo que le entregó el país a las Farc– ha dicho, a pesar de que carece de autoridad moral para hablar de estos temas, que las bandas criminales son herencia del gobierno de Álvaro Uribe. Posición similar a la que sostiene Rafael Pardo, para quien las Bacrim provienen “del fracaso de Ralito”.

La verdad es que ya se sabía que el postconflicto puede ser tanto o más violento que el conflicto mismo, por cuanto hay fuerzas que quedan huérfanas de mando y se convierten en ruedas sueltas. Así ha sucedido en todas partes. Cuando una organización armada se disuelve, la jerarquía de mando se acaba y la obediencia se pierde. El resultado es que no todos sus miembros siguen la línea trazada por quienes ordenan la dejación de armas.

Así, muchos integrantes de estos grupos terroristas renuncian a vivir en la legalidad mientras que otros quisieran hacerlo pero no encuentran la forma. Como si el desempleo no fuera ya suficientemente alto, nuestra economía no alcanza a absorber una fuerza laboral que no está preparada para el trabajo y que, adicionalmente, genera grandes temores en cualquier empresario. De ahí que sea utópico creer que los reinsertados van a encontrar trabajo fácilmente.

En contraste, quienes sí logran absorber estas fuerzas mercenarias son los narcotraficantes, que de carteles urbanos han hecho tránsito a pequeños ejércitos rurales que dominan las áreas donde se concentran los cultivos, los laboratorios y las zonas de frontera por las que sale la droga e ingresan dinero y armas.

Si en algo falló el gobierno anterior fue en no encontrar en qué ocupar a todos esos jóvenes que son carne de cañón para las violencias de cualquier cuño. Por eso no es para extrañarse la noticia de que los hombres de ‘Cuchillo’ están siendo cooptados por las Farc, esa es la lógica de un conflicto en el que la mayoría de los combatientes carecen de ideología y de medios de subsistencia, donde portar un fusil es, en muchos casos, la única opción laboral.

Pero, el fracaso no es de un gobierno en particular sino de toda la sociedad. Si bien se plantearon alternativas como las de establecer un impuesto a los industriales para darles sueldo a los reinsertados; que conformaran un grupo especial de las Fuerzas Armadas dotados solo de radios; que trabajaran como guardabosques o que fueran socorristas de la Defensa Civil, todo se quedó en veremos y los reinsertados quedaron a merced del gaseoso ‘autoempleo’. Todas las ideas que se plantearon fueron combatidas sistemáticamente por personas interesadas en el fracaso del proceso.

En consecuencia, tenemos un rebrote de grupos violentos dedicados al narcotráfico cuyas estructuras son muy parecidas a los grupos paramilitares de hace unos años pero que no tienen nada que ver con la lucha contrarrevolucionaria. Estos grupos ejercen dominio territorial armado para facilitar su conducta ilegal y aprovechan, de paso, para arrebatar otros negocios rentables como el de la extracción de oro, y para extorsionar a ganaderos, transportadores y demás. Es un negocio redondo.

Igualmente, la mayoría de los reinsertados que viven en las ciudades están dedicados al delito, es una necedad negarlo. Ellos son alma y nervio de las luchas entre bandas por el control del microtráfico y han extendido las extorsiones a todos los sectores de la comunidad, no solo a los negocios sino a las viviendas en la modalidad de ‘extorsión siciliana’, con el pretexto de brindarles una supuesta ‘protección’.

El panorama es complejo. Pero el hecho es que las críticas al proceso con los paramilitares no tienen fundamento. Se centran en el débil argumento de que las estructuras fundacionales del paramilitarismo no fueron desarticuladas. Y llegan al extremo enfermizo de afirmar que Mancuso, ‘Macaco’, ‘Jorge 40’ o ‘Don Berna’, eran meros segundones, que los que mandan están más arriba, que son gente influyente. La leyenda negra habla de grandes políticos, de terratenientes con inmensas fortunas, de destacados clérigos y militares, pero nadie los ha visto ni los conoce.

En cambio, lo que es evidente y demostrable es que las Bacrim son un retoño del narcotráfico, al que le vuelve a salir la cola cuando se le corta, como a las lagartijas, y que es perentorio cortársela otra vez mientras se dan las condiciones para descabezar este mal que se ensañó con Colombia.

(El mundo, febrero 14 de 2011)

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Posted by Saúl Hernández

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