Hay dos poderosas razones por las que se nos quiere imponer un oneroso costo de los combustibles: la primera es que el Estado no debe subsidiarlos porque favorece principalmente a los ricos, ya que solo el 11,2 por ciento de las familias tienen vehículo particular. La segunda, que un precio bajo de los combustibles fósiles fomentaría el uso indiscriminado de automóviles, cosa que hoy quiere evitarse en atención a los problemas relacionados con el cambio climático.

Sobre esta última excusa, sin embargo, puede sospecharse que si se cambiaran todos los vehículos de gasolina y ACPM por eléctricos, el gobierno se aseguraría de que esos vehículos se recargaran con kilowatios más costosos que los del estrato 6, colgándoles toda clase de impuestos con el cuento –otra vez– de no favorecer a los ricos subsidiándoles la electricidad. De manera que el único pretexto real es el de no subsidiar a los “ricos”, que en realidad no es otra cosa que ordeñar a los más pudientes con impuestos que le tapan el hueco fiscal al gobierno.

Esta tesis ha venido generando efectos perversos. Uno de ellos es que subir el combustible, arguyendo que los propietarios de vehículos son “ricos”, implica ignorar el hecho de que los pobres también montan en carro. El costo del combustible presiona el de las tarifas de bus y taxi, castigando a las clases menos favorecidas que, al parecer, deberían solo caminar. Además, la canasta familiar también se mueve con gasolina, de manera que se afecta la inflación y el consumo.

Otro de esos efectos perversos es el alto costo del transporte de carga, lo que le genera al país graves problemas de competitividad. Los transportadores tienen algo de razón en las quejas elevadas durante el reciente paro camionero: no solo la tabla de fletes es la que encarece el transporte. De cada 100 pesos, los camioneros gastan 55 en combustible y peajes, lo que pone la canasta del transporte por las nubes, con el agravante de tener una infraestructura precaria a pesar de que el llamado ‘impuesto global’ del combustible fue creado para financiar obras. La falta de competitividad perjudica la economía y, en particular, la creación de empleo.

Un efecto más, acaso el peor de todos, es precisamente el de desestimular el uso de automotores, a lo que los ambientalistas le ven tantos beneficios. No obstante, no hay economía que haya prosperado sin una fuerte industria automotriz y sin popularizar el uso de vehículos. El progreso no se alcanza si todos montamos en burro. La cantidad de gente que vive de los carros, de una u otra forma, es innumerable. Y el consumo, en todos los órdenes, cae dramáticamente cuando se le ponen talanqueras al uso de vehículos, como en ese esperpento que se llama ‘día sin carro’. Eso frena el crecimiento económico y genera desempleo.

Nadie está pidiendo que la gasolina se regale como en Venezuela, donde el galón cuesta unos 400 pesos. Pero es que es evidente que su costo en Colombia es demasiado alto si lo comparamos con países de similar desarrollo, como Perú (6.800), Argentina  (6.600), Panamá (5.300) o México (4.300). Hay economistas muy reputados que aseguran que la gasolina barata es signo de atraso. Tal vez lo dicen porque en China, segunda economía mundial e importadora neta de petróleo, el galón cuesta 5.800; y en EE. UU., la primera economía del globo, vale 5.400 (precios de diciembre de 2010 según Portafolio 02/03/2011, redondeados al cambio de $1.900 por dólar).

El problema es por otro lado. El hoy ministro de Agricultura Juan Camilo Restrepo, criticaba hace unos años (El Colombiano, 25/07/2006) que el gobierno de la época tenía, en las alzas de los combustibles, una “reforma tributaria silenciosa (que) no ha necesitado de discusión parlamentaria alguna”. Y agregaba que era severa en recaudos porque “en Colombia existe una tributación alta sobre el expendio de combustibles. De modo que cuando los precios suben arrastran al alza las rentas fiscales derivadas de la tributación sobre los combustibles”.

Según expertos, del total de lo que cuesta un galón de gasolina en el surtidor, el 42 por ciento son impuestos mientras en EE. UU., solo el 17 por ciento. De manera que no sería necesario bajar el precio sino quitar impuestos, lo que solo será posible cuando se acepte que hay un perjuicio generalizado cimentado en el prurito de no favorecer a los tales “ricos”.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 7 de marzo de 2011)

· Comunicado Alza de Combustibles y Estructura de Precios

Comunicado Alza de Combustibles y Estructura de Precios

 

· Política Estatal de Precio de Combustibles

POLITICA ESTATAL SOBRE PRECIOS DE COMBUSTIBLES

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Posted by Saúl Hernández

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