Dice Amazon que el libro más vendido del año es la voluminosa biografía de Steve Jobs escrita por el periodista Walter Isaacson, quien no fue nada condescendiente con el ‘genio’; por el contrario, recalca que los genios fueron otros —como Wozniak— y que Jobs —junto con personajes como Bill Gates y Paul Allen— fue, más bien, el visionario de un revolucionario negocio y un gran vendedor.

De lo que esta biografía no deja dudas es de cómo un sujeto que no terminó la universidad llegó a convertirse en un adalid de nuestros tiempos, empezando porque el determinismo geográfico marcó su destino: en el lugar y el momento en los que nació y creció no había más que ingenieros y empresas de tecnología.

Su historia, necesariamente, lo deja a uno pensando en el tema de la educación. Jobs ingresó a una costosa y muy liberal universidad, el Reed College de Portland. Pero se aburrió rápidamente porque —según cuenta Isaacson— no le gustaba asistir a clases obligatorias y porque “se sorprendió al descubrir que, a pesar de todo el ambiente hippy que se respiraba, las exigencias de los cursos eran altas: le pedían que hiciera cosas como leer la Ilíada y estudiar las guerras del Peloponeso”. ¿Les suena familiar?

La semana pasada se desató una encendida polémica a raíz de la renuncia pública de Camilo Jiménez a una cátedra de la carrera de Comunicación Social en la Universidad Javeriana, porque sus alumnos no lograron cumplir un ejercicio muy simple para el que tuvieron cuatro meses de plazo: resumir una obra literaria en un párrafo decente. Y lo que deja al desnudo esa renuncia es, ni más ni menos, que uno de los factores que atentan contra la calidad de la educación es la mediocridad de los estudiantes.

Claro que él no es el primero que abandona el barco ni el único que ha acusado el fenómeno. Sé de un profesor de cine que ha renunciado a su cátedra en varias universidades por el bajo nivel de los alumnos, y la también profesora y comunicadora Ana Cristina Restrepo mencionaba en su columna de El Colombiano (14-12-11) que la mayoría de sus estudiantes no han ido más allá de la lectura obligada de Cien años de soledad en secundaria. Es decir, son veinteañeros que se han leído un solo libro en su vida. Y son universitarios; no estamos hablando de albañiles.

A todas estas, lo más sorprendente es que Jiménez haya salido crucificado por poner el dedo en la llaga de un hecho palmario. En una carta dirigida al profesor dimitente, una supuesta alumna le echa toda la culpa y reduce el asunto a una mera transacción comercial en la que al estudiante se le debe garantizar el conocimiento porque para eso ‘paga’, y a que los verdaderos profesores —los que lo son por vocación— tienen la obligación de encontrar la manera de que sus alumnos alcancen los logros propuestos. ¡Qué cinismo!

Ningún maestro puede hacer milagros por más preparado que esté. Para aprender es imprescindible que el estudiante ponga su parte; si no tiene disposición de ánimo o carece de las competencias mínimas, es imposible. Nada se aprende sin esfuerzo; eso no entra por ósmosis.

En lo que sí discrepo con el profesor es en atribuirle la culpa del fenómeno —o así se ha entendido— a la tecnología. Si bien los ‘nativos digitales’ profesan como religión el ‘copy and paste’, habría que preguntarse qué llegó primero a las aulas, si la tecnología o el facilismo.

Los jóvenes de hoy son hijos de la alcahuetería, la condescendencia, la sobreprotección, la comodidad… No los culpo; el conjunto social fue el que acogió las nuevas pautas de crianza: no regañar, no castigar, no frustrar sus demandas, no obligar, no evaluar, no exigir. En esa atmósfera se introdujo el ‘libre desarrollo de la personalidad’ y luego llegó la promoción automática para regalarles el año a los que no estudiaban ni las guerras del Peloponeso. Que nadie se sorprenda.

(Publicado en el periódico El Tiempo,el 20 de diciembre de 2011)

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Posted by Saúl Hernández

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