Mientras el presidente Santos se entretenía convirtiéndose en líder regional, pasó lo que todos sabíamos que iba a pasar: volvió ‘La Niña’, volvieron las lluvias y se volvió a inundar el país. Una tragedia repetida en apenas seis meses.

En una columna anterior reclamé más compromiso del Gobierno porque se notaba cierta frescura y despreocupación, y expresé que “sería lamentable que el país se tarde un año en abrir los ojos y aceptar la gravedad de la catástrofe porque, para entonces, ya se habrá llevado también la esperanza de la Prosperidad Democrática. Si el desastre es una oportunidad, como dicen, hay que tomar ese tren ahora” (EL TIEMPO, 21-12-10).

En ese entonces, muchos analistas coincidían en afirmar que la tragedia invernal necesariamente le cambiaba los planes a la nueva administración. Que Santos tenía que dedicarse a reconstruir el país, no solo por lo que se había afectado, sino por todo lo que tendría que adaptarse para enfrentar futuras calamidades invernales. Pero Juan Manuel ya va a ajustar un año de gobierno  —una cuarta parte de su mandato, pues no piensa repetir— y ni siquiera han arrancado sus locomotoras, mucho menos las tareas de recuperación de la primera ola invernal.

Las disculpas no se han hecho esperar: que la nueva arremetida del invierno no dio tiempo de hacer nada o que es el peor invierno de nuestra historia y solo queda encomendarse al Altísimo en jornadas de oración. No, los japoneses recuperaron en solo cuatro días un tramo de carretera que fue seriamente fracturado por el terremoto del 11 de marzo, y en apenas un mes, el aeropuerto de Sendái, que quedó invadido de escombros por el tsunami.

Si el Gobierno está a la espera de que las CAR —o las nuevas entidades resultantes de una reforma en el Legislativo— les den solución a las fallas que el invierno acrecienta, se quedará esperando. La tregua invernal debió aprovecharse para dragar ríos y quebradas y recuperar sus retiros (léase, desalojar cientos de viviendas), iniciar programas de reforestación y de restablecimiento de humedales, limpiar alcantarillas, levantar verdaderos jarillones y muchas cosas más.

Se ha debido empezar a reubicar familias que viven en zonas de alto riesgo para que no se repitan tragedias como la de La Gabriela, en Bello, y a reasentar pueblos enteros como Gramalote. Si la construcción de viviendas es una de las cinco locomotoras base del programa del Gobierno y el déficit de viviendas es apremiante, ¿qué estamos esperando para hacerlo?

Por otra parte, la atención de la pasada temporada invernal ha presentado graves fallas. Mientras el Gobierno asegura que las partidas para la atención de damnificados se han entregado, la mayoría de los gobernadores se quejan de que la plata no les llega.

Igualmente, se han denunciado sobrecostos en la compra de mercados, politización de las ayudas humanitarias y, lo que es peor, alimentos que se dejaron perder en lugar de entregarlos. Ya hay 30 alcaldes y gobernadores investigados.

No nos digamos mentiras: lo que Colombia vive no es una tragedia invernal, sino una debacle institucional. La precariedad del Estado es de tal magnitud, que damnificados del Magdalena tuvieron que bloquear una carretera para protestar por un boquete de 400 metros que está abierto desde el año pasado sin que el Gobierno le preste atención. Todo muere en trámites, pobreza de gestión y negligencia en la ejecución.

La reconstrucción de un país es una oportunidad de progreso en cualquier parte, pero no en Colombia. Si no son funcionarios corruptos, son contratistas ambiciosos los que se quedan con el pastel. Santos tiene entre manos una verdadera oportunidad de cambiar el país y es reconstruyéndolo —como hizo Roosevelt en Tennessee, su inspirador—, no ahogándose en retórica. Me da mucha pena decirlo, pero no se ha dado cuenta.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 26 de abril de 2011)

 

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Posted by Saúl Hernández

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