Dijo Enrique Peñalosa que si el problema de seguridad fuera cuestión de percepción, no necesitaríamos más policías, sino un siquiatra, que es precisamente lo que estamos necesitando para entender la corrupción patológica que vemos a diario: individuos con una ambición desmedida, que pretenden conseguir fortuna de cualquier manera para satisfacer apetitos extravagantes.

Con todo, no hay que condenar la riqueza. Deng Xiaoping dijo que “ser rico es glorioso”, y nuestro Pambelé sacó una conclusión similar. El problema es que la mentalidad predominante de estos tiempos se fundamenta en la execrable proposición de que ‘Riqueza es igual a Felicidad’, por lo que ser rico se ha tornado, para muchos, en lo único realmente importante, algo por lo que hay que luchar como si de un ‘derecho inalienable’ se tratara, ajustándonos, incluso, a un nuevo canon moral que justifica cualquier medio que se siga para alcanzar ese fin.

Entonces, hacerse rico ya no se entiende como una consecuencia lógica de la excelencia empresarial, el talento artístico, el ingenio creativo, la capacidad deportiva, un golpe de suerte o largos años de trabajo y ahorro. Como pocos son los escogidos, ahora todo se reduce a ser ‘vivo’ y a aprovechar los ‘papayazos’ que se dan silvestres por todas partes, no solo en el sector público.

La corrupción es como un veneno. Un poco no hace daño, pero cada organismo es vulnerable a una dosis letal. Y como un país es un organismo, si esa toxina no se controla y se reduce “a sus justas proporciones” —esa frase de la que antes se hacía mofa y que hoy parece tan cuerda—, nuestra subsistencia como Nación podría ponerse en riesgo. Valga anotar que aún no estamos entre los países más corruptos del mundo, sino a mitad de tabla, puesto 74 entre 189, según Transparencia Internacional (Barómetro Mundial de la Corrupción, 2009), por lo que aún hay mucho que perder.

Sin embargo, el combate de la corrupción se suele tratar con demagogia cada vez que un gobernante quiere quedar bien, lo que conduce a no dar resultados, acrecienta el desprestigio de las instituciones y provoca más frustración en los ciudadanos. Y por más que se implementen estrategias para combatirla, el problema sigue ahí; se renueva, se sofistica, se hace más resistente a los antídotos.

El estatuto anticorrupción, por ejemplo, endurece las penas para los corruptos, cosa que está muy bien, pero sigue fallando en lo mismo: no tiene manera de prevenir el mal. Seguirá siendo difícil detectar tempranamente la vena rota y revertir el daño. Ya hemos visto que los dineros perdidos nunca se recuperan, y lo que necesitamos es curar el paciente, no que el entierro sea bonito.

Una idea que parecía esperanzadora, pero que hasta el momento ha sido un fracaso, es el Portal Único de Contratación (www.contratos.gov.co) y el uso de tecnologías de la información y la comunicación para visibilizar el manejo de los dineros públicos. Se supone que allí deberían aparecer todas las convocatorias, todos los contratos y hasta listas de precios únicos. Un lápiz de 1.000 pesos no puede valerle 5.000 al municipio de Tauramena o 15.000 a Pivijay. Si hubiera acceso a la información, muchos ciudadanos podrían ejercer vigilancia y sería más fácil controlar la corrupción.

Pero vuelvo a lo mismo: si bien ha habido corrupción toda la vida, los escrúpulos son cada vez más escasos. Ya no se persigue una existencia digna, sino una vida excéntrica, llena de lujos y excesos. A muchos privilegiados hasta les parece insuficiente un salario de congresista y hemos visto en las noticias que los que se ganan una licitación estallan como si se tratara del gol del campeonato y no de una gran responsabilidad. Somos como niños que, al reventar la piñata, se pelean por las sorpresas sin entender que son veneno.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 19 de julio de 2011)

Documentos de Interés:

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario