La minoría estudiantil que les impuso un paro a las mayorías que sí quieren estudiar, consideran que la educación de calidad —que tanto exigen— debe ser producto de la gratuidad y la prodigalidad de recursos. Pero si eso fuera cierto los colegios públicos liderarían el ranking de las mejores instituciones educativas del país, por ser gratuitos, y los hijos de los mafiosos serían grandes científicos, por tener los recursos; mejor dicho, ningún hijo de rico fracasaría en el colegio o la universidad.

Sin embargo, nada de eso es cierto. La educación de calidad empieza por casa y es producto de una cultura de valores que parece extinta en nuestro país, una cultura que carece de esa ‘calidad’ que se reclama. Luego, no puede haber educación de calidad en un país que no tiene estudiantes de ‘calidad’ ni profesores de ‘calidad’, por mucha plata que el Estado le meta. Y es imposible tener educandos de calidad porque estamos inmersos en una descomposición social que ha destruido la familia, y en un entorno en el que la educación sigue siendo vista como una cosa innecesaria y tediosa, donde es ‘normal’ derrochar plata en aguardiente pero totalmente absurdo gastar la misma cantidad de dinero en un libro.

Nada mejor que el irrisorio índice de lectura en Colombia —menos de dos libros al año por persona— para demostrar nuestra aversión por la educación. Un índice que además es ilusorio, puesto que la mayoría de los colombianos no llegan a leerse —ni por obligación— un libro entero en toda su vida, y por la cuestionable calidad de lo que la gente suele leer. Y hay indicadores más inquietantes: cunde el analfabetismo funcional, o sea que la gente sabe leer pero no entiende la idea enunciada en el escrito, y el analfabetismo matemático, que es la casi nula habilidad para las operaciones matemáticas y el manejo de cifras.

En esto, el dinero marca diferencias pero no lo es todo. Si en el ranking de Los mejores colegios 2011 (Revista Dinero, 11/11/11) solo aparecen dos instituciones públicas entre las primeras 200, no es porque las privadas sean la gran cosa sino porque sus estudiantes tienen un mejor entorno. No es lo mismo tener padres profesionales que unos que carecen de formación, o que nacer en una de esas familias disfuncionales en las que todos los hijos son de padres distintos y ausentes; y ni hablar de aquellas en donde los niños son sometidos a abusos, maltrato o depravación.

Por lo general, quienes nacen en hogares más educados tienen más opciones de tener una estimulación temprana y una exposición regular a temas más edificantes, así como de acceder a una mejor nutrición. Pero las pésimas calificaciones que los niños y jóvenes colombianos están obteniendo en pruebas internacionales muestran que nada de eso es suficiente y en las universidades se reconoce que el nivel de los bachilleres es de tal incompetencia que los primeros semestres se emplean en enseñar lo que ya deberían saber.

Si a ello sumamos que las universidades colombianas prácticamente ni siquiera figuran en los rankings de universidades latinoamericanas —ni hablar de los listados mundiales— puede concluirse que, a pesar de muchos esfuerzos y de notables excepciones, el panorama general es que tenemos bachilleres mediocres formándose en universidades igualmente mediocres. Lo que resulta de ahí, en cualquier caso, es de responsabilidad compartida.

Pero, volvamos al asunto cultural. En un medio donde se impone la ley del mínimo esfuerzo, ¿sera posible tener una formación universitaria de alta calidad solo con volverla un derecho gratuito? No. La sola falta de compromiso de los estudiantes con su propia formación es un impedimento insalvable. Salamanca no hace milagros.

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Posted by Saúl Hernández

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