Todos los colombianos queremos la paz, pero ¿cuál paz? La que sueñan los farianos y sus adláteres es la de una Cuba continental gobernada por ellos; un ‘paraíso’ comunista, dictatorial y retrógrado. La que soñamos los demás es una Colombia en relativa calma, donde todos tengan oportunidades de progreso bajo el marco de unas reglas claras que todos debamos cumplir.

Sobre esto, creo que surgen dos preguntas: una, si es válido o no firmar una paz en la que se configura más de lo primero que de lo segundo, y dos, si unos diálogos son el camino obligado a la terminación del conflicto. En ambos casos, la respuesta es un no rotundo. Por eso, las conversaciones secretas de Santos con las Farc tienen mucho de cuestionable.

En cuanto a lo primero, no sabemos qué concesiones graciosas vaya a hacer un gobierno débil, ostentoso y falaz, que no tuvo reparos en cambiar todo el libreto de su programa de gobierno. En cuanto a lo segundo, es un sofisma deleznable equiparar la búsqueda y consecución de la paz con diálogos de paz o negociación política, puesto que los diálogos no conducen necesariamente a la terminación del conflicto. Por el contrario, sabemos que las negociaciones con las Farc —desde Belisario hasta Pastrana— han conducido a su fortalecimiento y no a su disolución.

Es cierto que el artículo 22 de la Constitución Nacional dice que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, pero en este caso no es el Estado el que incumple y, por ende, el que estaría obligado a cumplir. El Estado no es un actor del conflicto ni es el que está haciendo la guerra. Por tanto, creer que el gobernante está obligado a hacer ‘lo que sea’ para conseguir la paz es tan absurdo como creer que esta se consigue si se desmantela el Ejército. Esa es una falacia idéntica a esa de que “si no hubiera medios no habría terrorismo”.

Muy al contrario de lo que algunos creen, el artículo segundo de la Constitución expresa claramente que las autoridades no están para hacer concesiones sino “… para proteger a todas las personas (…) en su vida, honra, bienes, creencias y demás derechos y libertades, y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares”.

Combatir a los violentos es un mandato constitucional que no puede confundirse con ‘guerrerismo’, pues en ningún momento se pretende el exterminio hasta del último guerrillero para dar por terminado el conflicto. No, ganar la guerra es debilitar al enemigo tanto como sea necesario hasta lograr que este resigne sus aspiraciones y se someta a la legalidad. De hecho, si el gobierno de Uribe hizo acercamientos ‘secretos’, era precisamente para averiguar si ya había disposición de abandonar la lucha armada. Sobra decir que esa estrategia de debilitamiento se estaba haciendo muy bien hasta que el presidente Santos cambió de línea.

Pensar con el deseo no es una actitud responsable. Sería idílico que los acercamientos en Cuba conduzcan a un cese del fuego de aquí a diciembre y que las Farc se desmovilicen —de una vez y para siempre— justo a tiempo para que Santos sea premiado con la reelección. Pero estamos muy grandecitos como para andar creyendo en fábulas y dudamos de que haya una sincera voluntad de paz por parte de las Farc. Presidente Santos: la paz es la victoria, sí, pero como bien dice el general Navas, esta se obtiene ganando la guerra.

Antioquia Presente cumple

Antioquia Presente cumple hoy su promesa de entregar en este mes de agosto 40 soluciones de vivienda para familias damnificadas por la tragedia de La Gabriela, ocurrida en Bello (Antioquia) el 5 de diciembre del 2010. La obra fue financiada con donaciones de la ciudadanía por 1.465 millones de pesos y un aporte de 977 millones del Gobierno Nacional. Felicitaciones a la Corporación y a su acuciosa directora, Margarita Inés Restrepo.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 28 de agosto de 2012)

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Posted by Saúl Hernández

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