Todo parece indicar que la intención de reelegirse de Juan Manuel Santos es más fuerte que sus convicciones, si es que las tiene, porque esa denuncia sorpresiva de que las Farc estarían interesadas en asesinarlo más parece una estrategia lanzada al aire con la intención de recuperar su alicaída imagen, acorde con su consigna de que solo los tontos no cambian de opinión cuando lo hacen las circunstancias.

Es cierto que las Farc son un grupo terrorista de la peor ralea y que el asesinato de cualquier figura pública les sirve a sus propósitos de generar zozobra en la sociedad e inestabilidad en las instituciones, pero ello no incluye a la figura del presidente pues su muerte podría generar, más bien, una reacción contraria que vendría a ser tan perjudicial como alborotar un enjambre de abejas. Por eso, cuando Pastrana visitaba el Caguán, y lo veíamos rodeado de guerrilleros, teníamos la certeza de que su seguridad no estaba garantizada tanto por la palabra dada del comandante ‘Marulanda’ como por el convencimiento de que a las Farc no les convenía retar al establecimiento de una forma tan radical —atentando contra el Presidente—, puesto que le darían la razón a los ‘reaccionarios’ para enfilar con todo el poder del Estado en su contra.

Hoy no hay razones para jugar distinto. Se sabe que Santos dialoga en secreto con ellas, que les concedió un marco jurídico que les garantiza impunidad y que si bien sus dos máximos jefes han sido abatidos por el actual gobierno, los subversivos entienden que esa es la realidad de la guerra. Pero lo más importante es que, después de ocho años de Seguridad Democrática y de un lento pero constante proceso de debilitamiento, las Farc han encontrado en Santos la media naranja que habían tenido en Pastrana, y gracias a él están pasando por un proceso de recuperación y reacomodamiento que aún no ha terminado.

Entonces, no encaja, ni siquiera en la lógica irracional de esa guerrilla, la hipótesis de que hayan decidido asesinar al presidente Santos porque si ello ocurriera se cerrarían, prácticamente para siempre, las puertas de un proceso de negociación y se consolidaría como única alternativa la vía militar, que es algo que la extrema izquierda ha tratado de evitar valiéndose de todas las estrategias posibles en medio de la combinación de todas las formas de lucha. Por eso tenemos hoy unas Fuerzas Militares maniatadas por la guerra judicial, enfrentamiento que el país está perdiendo de forma estrepitosa.

Por consiguiente, una decisión de esa naturaleza sería un suicidio para las Farc, con mayor razón cuando se está esperando que realicen un gesto real de paz para que Santos pueda justificar ante la opinión pública nacional e internacional una negociación con los subversivos. En cambio, el desespero del gobierno es evidente y a su interior saben que no hay tales problemas de comunicación de los ‘logros’ que expliquen el descontento de los colombianos con el desempeño del Presidente, de manera que podría tratarse de una especie de ultimátum para las Farc porque a Santos se le acabó su espacio de maniobra: o proceden con el gesto ahora para hacer la paz “por las buenas” o le tocará a Santos hacerla “por las malas”.

Y es que es francamente extraño que mientras Santos estuvo exculpando a las Farc durante varios meses de todas sus acciones —incluyendo el atentado al exministro Fernando Londoño, del que se alentó la absurda y temeraria conjetura de que habría sido un autoatentado—, ahora las señala a la ligera como interesadas en el magnicidio. Sus miembros son unos asesinos demenciales, lo sabemos, pero esta denuncia no es muy creíble.

La realidad es que el presidente Santos parece haber entendido que lo único que salvaría su gobierno de ser considerado un fracaso histórico es que las Farc pactasen la paz con él, cosa que, sin embargo, sabemos que no va a ocurrir. Por eso quiere desmarcarse de la guerrilla y, al parecer, volver a la ofensiva: acordó con el Partido Conservador tramitar de urgencia el restablecimiento del fuero militar. Claro que de él se puede esperar cualquier cosa, es un tahúr al fin y al cabo.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 21 de agosto de 2012)

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Posted by Saúl Hernández

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