Una de las cosas más sorprendentes que se han dicho en este gobierno es eso de que el terrorismo no solo es tema de manejo exclusivo del Jefe del Estado sino que nadie puede opinar al respecto. En otras palabras, que es un tema sobre el que no se puede debatir ni sobre el que se deban cuestionar las decisiones que el Presidente tome. Eso, señores, no solo es una clara y tajante censura a la libertad de expresión y de disenso sino una peligrosa e inaceptable señal de ese totalitarismo que impregna la región.

El presidente Santos ha ido subiendo el tono de rechazo a las críticas. Primero dijo que los que no querían la paz —a cualquier precio, olvidó precisar— estaban locos; después, que eran una especie de ‘mano negra’ de derecha; luego, habló de ‘tiburones’. En algún momento dijo que eran ‘idiotas útiles’. Ahora dice que no se puede hacer política con el terrorismo, y le mete una estocada a su principal crítico, el expresidente Uribe, falseando en extremo los datos de un estudio según el cual las malas noticias de Colombia provendrían de Uribe y las Farc, solo que olvidó precisar —otra vez— que el estudio en cuestión versa sobre las críticas a su gobierno y no sobre las malas noticias del país.

Por cierto que la pretensión del Gobierno de acallar un frente común contra el terrorismo por el prurito de hacer la paz con quien no quiere no es un comportamiento que se ajuste a la Constitución —como dicen los cacaos antioqueños—, sino un abuso de poder. Y mientras Santos insiste, ante los prelados de la Conferencia Episcopal, en entablar diálogos de paz, el Cauca arde. ¿Cómo viene a decir que no se puede polemizar sobre el tema cuando este es del mayor interés de todos los colombianos? ¿Acaso estamos a un paso de la mordaza que los ‘nuevos mejores amigos’ han impuesto en Venezuela, Argentina o Ecuador?

Para un gobierno obsesionado con su imagen debe ser decepcionante verse mal parado ante tantas salidas en falso. Eximir a las Farc de la culpa en el atentado contra el exministro Londoño no salió bien. Reaccionar a los pésimos resultados de una encuesta con el anuncio de las 100.000 viviendas gratis tampoco lució espontáneo. Declararse indignado con una reforma de la justicia que surgió de su propia entraña, lavándose las manos y luciendo desleal con su propia bancada, fue una reculada más y quedó peor. Mandar a funcionarios (como la Canciller, el ministro Pinzón, los generales León Riaño y Navas, etc.) a negar la realidad y a controvertir las críticas ha sido un desgaste innecesario. Tergiversar aquel estudio para culpar a Uribe de las malas noticias del país fue una indecencia, por decir lo menos. Y la visita a Toribío, todo un chasco.

Parece que al nuevo consejero de comunicaciones no le ha ido muy bien que digamos, pero la realidad es que el problema de Santos no es de imagen sino de políticas equivocadas por el cambio de libreto. El ejemplo más claro es el de la seguridad. Lo del Cauca no es un caso aislado, como se cree, sino un campanazo de alerta de lo que va a pasar en el resto del país: un informe del Centro de Seguridad y Democracia de la Universidad Sergio Arboleda revela que las Farc ya retornaron a 50 municipios de los que habían sido expulsadas, lo que demuestra, una vez más, que los logros de la seguridad democrática se están perdiendo, ese huevito se quebró.

Tenemos un Ejército amilanado por la guerra jurídica y un Presidente que no funge como el primer soldado de la Nación, porque abomina de la microgerencia. Decir que le ha faltado apersonarse de la seguridad en las regiones es un reconocimiento anodino mientras persista en negar la realidad, como al declarar que todo está bajo control en el Cauca. Es hora de dejarse de juegos, este no es un problema de percepción. Allá hay un gran desafío en el que Santos ya no se juega su futuro, sino el futuro del país.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 17 de julio de 2012)

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Posted by Saúl Hernández

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