No creo que el último lance de Juan Manuel Santos, el de reelegirse —o prolongarse— por dos añitos, haya sido un globo o una cortina de humo para entretener al país y bajarle presión a otros frentes. Puede ser que quisiera desviar la atención sobre su presencia en Venezuela, avalando un gobierno espurio, o que se quisiera congraciar con los alcaldes, no se sabe para qué pues poco le importan, pero la verdad de lo que ocurrió es, simplemente, lo que a todos nos pareció: un intento descabellado de alargar su periodo constitucional.

El hermano Enrique advirtió hace meses que el proceso de La Habana depende de la reelección de Juan Manuel, y de eso no hay duda por la lentitud con la que se desarrolla el entuerto, pues es obvio que ese proceso podría morir con otro gobierno. Pero, si nos vamos al inicio, nos encontramos con la paradoja de que Santos se metió en el cuento de la paz con las Farc pensando —y aún lo cree— que con eso lograría la reelección de manera automática. En consecuencia, echó al olvido sus locomotoras y le apostó todo a esta carta con tan pésimos resultados que según la encuesta Gallup de febrero, el 87% de los colombianos no votará por él si se presenta a la reelección.

La idea de prorrogar por dos años su mandato es de tal atrevimiento que da cuenta del desespero de este Gobierno. Pero es una idea que parece venir de Cuba, no del Palacio de Nariño. Ya Teodora había hecho la propuesta sin alcanzar eco, por lo que se aprovechó la cumbre de alcaldes y gobernadores para ventilar esa solicitud monstruosa de prorrogar mandatos, dándole espacio a Santos para que, con mal simulada espontaneidad, apoyara la idea y la complementara con la propuesta de prohibir la reelección e igualar los periodos de todos los cargos de elección popular, por lo cual ofrecía el sacrificio de ocupar la presidencia en un periodo de transición de dos añitos, que son los que le están haciendo falta para terminar de entregarles el país a las Farc.

Y si bien es a todas luces inconstitucional el prorrogar unos periodos de gobierno claramente establecidos, el plan era muy probablemente la única opción de alcanzar la reelección del Presidente, a menos que nombre como registrador nacional a Tibisay Lucena. Por una parte, Santos ya había manifestado que no aceptaría una prórroga de su mandato sin ir a las urnas, pero si esta se concedía a alcaldes y gobernadores —e incluso al Legislativo—, cabría alegar que lo mismo debía otorgarse al Primer Mandatario, en aras a la igualdad. Por la otra, la alternativa de ir a las urnas también lo favorecía pues ningún político con pretensiones y peso electoral, aspiraría a un periodo de dos años que no alcanzaría para nada y después del cual no habría reelección. Por eso, es obvio que ese periodo de transición estaba escriturado con nombre propio, el de Santos, y que tenía todo que ver con la farsa de La Habana. Pero ante el alud de críticas que se desató, y el que vendría, el Presidente decidió recular —como ha sido habitual en su gobierno— antes de que el escándalo dejara su imagen en los rines.

Pero, en el fondo, la idea no es mala solo por tener detrás el proceso fraudulento de La Habana sino por múltiples motivos. En primer lugar, seis años es demasiado tiempo para soportar a un mal gobernante, y los mecanismos de revocatoria son tan complicados que ninguna iniciativa ha prosperado en los 22 años que lleva la Constitución. De instaurarse, sería necesario establecer un mecanismo de refrendación obligatoria a mitad del periodo, con el riesgo de que eso ocasione los mismos vicios que se le critican a la reelección.

Además, buenos gobernantes han demostrado que el periodo de cuatro años es óptimo para obtener avances palpables y llevar a cabo sus programas de gobierno y los planes de desarrollo. Igualmente, la reelección no inmediata de autoridades regionales ha permitido a quienes han desempeñado exitosamente sus cargos, repetir en varias ocasiones para beneficio de la comunidad.

En cuanto a la reelección presidencial, es una figura muy nueva que aún no puede evaluarse. Lo cierto es que se reelige a quien cumple con éxito su programa de gobierno y se castiga a quien habiendo traicionado a su electorado, trata de ganarse la voluntad popular con vulgar demagogia. Por eso, el actual mandatario tiene contados los días en Palacio. Como dijo el senador Robledo, “reelección de Santos no, ni por quince minutos”.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 29 de abril de 2013)

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Posted by Saúl Hernández

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