Dice la sabiduría popular que quien con niños se acuesta, mojado amanece. Igual pasa con quien dialoga con terroristas, secuestradores y chantajistas. Don Timoleón Jiménez amenazó al Gobierno con revelar los secretos de las negociaciones de La Habana y tembló en la Casa de Nariño. Qué cosas inenarrables se habrán dicho y considerado en esa mesa, como para que el Gobierno y sus amigos hayan sentido pánico, es algo que a todos nos gustaría conocer.

No cabe duda de que sería muy sano para el país el informar en detalle todo lo que se ha tramitado en La Habana. Sin embargo, ello no va a suceder porque ninguna de las partes quedaría bien parada y con ello se cancelaría cualquier posibilidad de que el proceso sea votado afirmativamente por los colombianos en el referendo que se está tramitando. Así como Bismarck decía que la política es como las salchichas, “deliciosas, pero es mejor no saber cómo se hacen”, a las partes no les conviene que se destape la olla porque no huele bien y se presagia un potaje de amargo sabor. De ahí que se pueda conjeturar que ese hervor no ha sido muy santo que digamos.

Bien se sospechaba que eso de la confidencialidad no iba a servir más que para ocultar asuntos que los colombianos tienen todo el derecho de conocer. Es cierto que había que crear mecanismos para que La Habana no repitiera el circo mediático que fue el Caguán, pero eso no tenía que implicar, de ninguna manera, el más absoluto secretismo. Desde el comienzo se debió implementar el uso de comunicados oficiales y ruedas de prensa, desechando las chivas y exclusivas de los medios, que son las que convierten cualquier tema serio en una frivolidad.

Claro que tampoco hay que pecar de ingenuos y creer que este proceso hubiera sobrevivido once meses en un escenario de transparencia. Todo lo contrario. Si este sainete no ha muerto es porque el Gobierno, sus amigos y la prensa oficialista —ahíta de mermelada— llevan todo ese tiempo anunciando y sugiriendo la gran mentira de que ese embeleco marcha viento en popa y que muy pronto estaremos navegando —o ahogándonos, querrán decir— en ríos de leche y miel.

Pero, volviendo al principio, para el Gobierno debe resultar verdaderamente desconcertante que las Farc salgan con estas reacciones precisamente después de que Santos se tomó la ‘molestia’ de ir al pleno de las Naciones Unidas a rogar que le permitan ser pródigo en impunidad para los terroristas, quienes, de paso, no pierden ocasión para criticar todos los esfuerzos que hace el Gobierno para ‘refundar la Patria’ y ponerla en manos de estos asesinos.

No les gusta el apologético Marco Legal de Impunidad. No les gusta el referendo con el que se va a llevar de cabestro a los colombianos a las urnas, con el fin de darle la bendición a un entuerto que es la primera piedra para acabar con las libertades y el Estado de Derecho. No les gusta la reelección de Santos, quien fue el que abrió esta tronera por la que las Farc marchan victoriosas y el único que se las mantendrá ante su renuencia a firmar cualquier cosa antes de que se acabe este año.

Es como si las Farc fueran mentalmente incapaces para reconocer su mutua dependencia con Santos, quien, por culpa de este incierto proceso de paz, se tambalea como un “pato herido” en el turbulento estanque de las encuestas, donde muy pronto yacerá siendo recordado como un accidente que jamás debió suceder en la historia del país.

Es que tal como lo haría una fiera herida, las Farc han mordido la mano de quien las ha alimentado con obsecuencia, y andan revoloteando como cuervos sobre una presa moribunda, para sacarle los ojos. No se podía esperar nada distinto, su naturaleza es de alimañas, lo que recuerda la antigua fábula del escorpión y la rana. Las Farc le clavarán el aguijón a Santos aunque ello signifique su propia ruina. El chantaje existió y el nerviosismo del Gobierno fue evidente: ¿de ese tamaño son las concesiones que se le están brindando a los terroristas?

(Publicado en el periódico El Mundo, el 30 de septiembre de 2013)

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Posted by Saúl Hernández

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