jmsantos-6512Santos está salido de los chiros. Y no es para no menos. No imaginó jamás que faltando aun un largo año para terminar su aciago mandato, viviera de rechifla en rechifla, pagando escondederos a peso. Igualmente, aunque más sutiles y diplomáticas, las encuestas tampoco le traen buenas noticias: de más de 80% de favorabilidad, cuando inició su mandato, ha caído a niveles del 50%, y más del 60% de encuestados reiteran que no están de acuerdo con su reelección ni consideran que haya cumplido sus promesas. Más grave todavía es que de 17 aspectos calificados por la ciudadanía, en la encuesta de Datexco para El Tiempo, solo ganó en 2, y eso con 3 raspado. Y es que calificar su gestión global con 2,5 sobre 5, es un acto de extrema generosidad porque, por donde se le mire, es un mal gobierno.

Con Santos, en un comienzo, muchos uribistas fuimos obsecuentes porque él fue nuestro candidato y fuimos nosotros los que lo aupamos en el poder. Incluso, le dimos un compás de espera a pesar de que veíamos asombrados —aun sin posesionarse— unas decisiones y unos anuncios que no se compaginaban con el ideario que él decía defender. Basta recordar la designación en ministerios de personajes como Juan Camilo Restrepo, abierto enemigo del gobierno de Uribe, y el anuncio de reunirse con Chávez, en Santa Marta, encuentro que tuvo lugar apenas tres días después de su posesión.

Hoy sabemos, como se sospechaba y se rumoró, que esa reunión fue factible solo por tener como telón de fondo la promesa de Santos de iniciar diálogos con las Farc. Y, a pesar de negarlo y de fijar supuestos inamovibles, recordamos las claras señales que el Primer Mandatario les envió a los terroristas desde el discurso de posesión, lo que nos dejó atónitos a muchos porque no concebíamos que alguien de la cordura atribuida a Juan Manuel Santos, fuera a repetir el mismo error de Belisario, de Gaviria, de Pastrana (¡sobre todo de Pastrana!) y embarcara al país en una nueva pantomima, en una nueva humillación.

No, no podía ser cierto, pensábamos. Sabíamos, eso sí, que Santos no podía hacer un gobierno del mismo estilo de Uribe y que sería normal que se cuidara de parecer su títere. Tenía que suavizar relaciones, tanto en lo interno como en lo externo, porque carecía de voltaje para estar confrontándose con tirios y troyanos como hacía su predecesor. Pero por ser más débil de lo que creíamos o por su obsesión de diferenciarse de aquel que lo llevó a la Presidencia, mostró rápidamente que prefería transigir y quedar bien con todo el mundo y parecer un títere sí pero de otro bando, como de sus nuevos mejores amigos, frente a quienes se ha comportado como un arlequín.

La otra obsesión de Santos, como es obvio, ha sido la de firmar con las Farc, al precio que sea, cualquier papel que lleve en algún sitio la palabra paz. El origen de tamaña obsesión puede estar más escondido de lo que se especula. Santos fue un niño solitario, despreciado por sus hermanos, al que solo lo quería su perro. Medio siglo después, su hermano Enrique lo convence de las bondades de este absurdo y la vanidad lo ciega. En vez de seguir el rumbo y superar con creces al mejor presidente de la Historia —El Gran Colombiano, por si las dudas— se decide a parecerse en todo a los peores, sin saber hacia dónde dirigir la proa. Y ya decía Séneca: “Para un barco sin rumbo, cualquier viento es malo”.

¿Qué le queda a Santos? Pues hacer lo que está haciendo: regarse en insultos, hablar a gritos y tratar a todos de mentirosos. El último año de su gobierno será peor pero —cosas se han visto— su reelección no puede descartarse del todo. Una administración que entierra sus promesas (locomotoras) para entregarse al terrorismo no merece alargarse ni por cinco minutos. Pero como la democracia no es un sistema perfecto, a veces somos ignorantes de a qué nos referimos cuando decimos que hemos entrado en la cuenta regresiva. ¿El final de la era Santos o el de nuestra no tan incipiente democracia?

(Publicado en Periódico Debate, el 12 de agosto de 2013)

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Posted by Saúl Hernández

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