Dos hermanos musulmanes detonan un par de bombas caseras en una calle de una ciudad gringa, asesinan a tres personas y hieren a 180 y se produce una reacción atroz. El guerrerista Obama, enemigo de la paz mundial, promete capturar a los inocentes muchachos negándoles, de plano, su derecho bien ganado a ocupar un par de curules en el Congreso de los Estados Unidos y a convertirse, algún día, en alcaldes de Boston o Nueva York.

Pero la reacción de la sociedad norteamericana fue peor. En vez de hacer nutridísimas marchas por la paz, de esas de 50.000 paniaguados, para darle a Obama el mandato de perdonar a esos chiquillos inquietos, se comportaron como fieras vengativas, llenas de odio y sed de sangre, que revisaron cada foto y cada video para identificar a los autores de ese acto de ‘protesta’. Entre miles hicieron el trabajo que a la Policía le habría tomado días, y luego esta mandó un ejército a las calles a cazar a un par de jóvenes solos, hambrientos y casi ciegos, como le consta al obispo de Cali.

Razón tiene José Fernando Isaza al decir (en Hora 20) que fue una reacción desmesurada. Sí, sin duda. Es mejor, a todas luces, la reacción tardía de nuestras autoridades o la facilidad con la que muchos jueces declaran ilegal una captura. Poner los derechos de los victimarios por encima del lloriqueo de las víctimas nos coloca a la vanguardia de la civilidad.

En cambio, lo de Boston pasó de ser cooperación con las autoridades a simple complicidad criminal. La Policía asesinó al joven Tamerlán Tsarnáev. Luego asediaron por horas a su hermano menor en vez de permitir que alguna ONG lo sacara del área rumbo a Chechenia, como debió hacerse. Lo más aberrante fue ver a los norteamericanos jubilosos, agitando sus banderas, coreando el nombre de su país y aplaudiendo a sus autoridades, como en esa época aciaga en la que los colombianos salíamos libremente por las carreteras y saludábamos a los soldados, quienes nos respondían levantando el pulgar.

Sí, complacerse por la captura de un criminal, en vez de entenderlo y perdonarlo, y hasta someterse a sus designios, es de bárbaros; de manos negras, rufianes, tiburones… Es propio de un procuragodo cavernario y mefistofélico como el tal Ordóñez, que no entiende la profundidad conceptual y la avanzada de las tesis del fiscal general Montealegre, para quien el aplicar una justicia maximalista provocará enorme impunidad por el colapso de la (in)capacidad institucional ante la incontable cantidad de desmanes que las Farc han cometido en los últimos 60 años.

Claro que las Farc no han cometido delitos de lesa humanidad, mucho menos su cúpula, que, sentada, tomando whisky, no se entera de nada. Qué van a ser delitos graves poner minas antipersonales, reclutar menores, desplazar campesinos, arrasar pueblos con cilindros bomba, dinamitar torres de energía y oleoductos, hacer secuestros al por mayor y al detal, tener campos de concentración, hacer ataques dinamiteros y sicariales selectivos, fusilar al personal desobediente hasta por comerse sin permiso una yuca, tener esclavas sexuales, obligar a las embarazadas a abortar… ¡Lo que el gran Montealegre descubrió es que, si cerramos los ojos, los crímenes desaparecen! Así no hay impunidad. Como premio para el jurista, cuatro años en la Fiscalía y la Cruz de Bojayá. No importa que haya que remplazar el cóndor del escudo por una avestruz.

¡Es que no se entiende cómo es que hay enemigos de la paz! ¡Que los fusilen!, como ordenó Armando Benedetti. Que empiece con Pachito por andar ofendiendo a futuros presidentes con vallas injuriosas. Pongan todos las barbas en remojo y vayan comprando los cajones.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 23 de abril de 2013)

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario