assad2Los pacifistas han hecho que hablar de guerra sea inmoral, logrando acallar, por amedrentamiento, cualquier voz que pretenda ofrecer una visión práctica de las tensiones que rompen el delicado equilibrio que supone la ausencia de confrontación. De ahí que se pretenda señalar a algunos de ‘guerreristas’ o ‘enemigos de la paz’. Sin embargo, no debemos llamarnos a engaños, tras lo anterior subyace una intención política.

El régimen sirio de Bashar Al Assad ha asesinado unas 100.000 personas en los últimos años. Allí hay una guerra civil entre quienes apoyan una dictadura que cumple medio siglo, y la oposición. Por su parte, la comunidad internacional no ha podido hacer mayor cosa para evitarlo debido al poder de veto de dos aliados del gobierno sirio —Rusia y China— en las Naciones Unidas.

Hace cerca de un mes, alrededor de 1.500 personas —incluyendo medio millar de niños— fueron asesinadas con gas sarín en un barrio de Damasco. Todos los indicios serios apuntan al régimen de Assad, pero este, con el apoyo de los rusos, asegura que los opositores atacaron a su propia gente para propiciar una intervención de los Estados Unidos que debilite el arsenal sirio. Hay, no obstante, una irrefutable prueba reina: para el ataque con gas se usaron cohetes que solo posee el régimen.

Este es uno de esos casos en que todos saben cuál es la verdad y nadie quiere asumirla; donde todos simulan no haber visto nada y se voltean para otro lado. Assad es un genocida pero muchos creen que la solución es enterrar la cabeza y no meterse en sus asuntos domésticos. Sin embargo, hay obligaciones ineludibles: a Estados Unidos le corresponde ejercer el papel de gendarme internacional por su preeminencia económica y militar. Ser la primera potencia es un honor que cuesta y que exige asumir responsabilidades. Y, además, es un sitial que se pierde por tomar malas decisiones. Eso, Obama lo sabe.

En los noventa hubo fuertes conflictos con graves violaciones de los derechos humanos en los que la intervención de los EE. UU. fue clave para evitar un desangre mayor, como en Yugoeslavia, Somalia e, incluso, en Kuwait, a raíz de la invasión iraquí. A ello hay que añadir que su liderazgo también ha sido necesario cuando esas intervenciones se han hecho a nombre de la OTAN o las Naciones Unidas, y decir que su único interés ha sido el de cuidar sus intereses económicos, es una mirada reduccionista.

Barack Obama ha cometido un grave error que le costará caro a su país y al mundo libre. Según sus propias palabras, Assad cruzó las líneas rojas al usar armas químicas contra la población, y Obama, en vez de ser fiel a sus argumentos de impedir que los responsables se salgan con la suya y se libren del castigo, se mostró como un cobarde, que es lo único que no puede permitirse el hombre que ostenta el cargo de mayor poder en el mundo.

Y se repitió la Historia. En septiembre de 1938, el premier británico, el tristemente recordado Neville Chamberlain, y el primer ministro francés, Edouard Daladier, se reunieron con Hitler en Alemania para firmar el Pacto de Munich, a través del cual le cedían al Führer una región de Checoeslovaquia —los Sudetes— a cambio de evitar la guerra. El acuerdo fue recibido con alborozo en toda Europa, y a Chamberlain y Daladier los recibieron multitudes delirantes en sus países, aunque se sospechaba la terrible realidad. Fue entonces cuando Churchill le dirigió su famosa admonición a Chamberlain: “Tuvo usted para elegir entre la humillación y la guerra, eligió la humillación y nos llevará a la guerra”. Y cuenta la historia que Daladier, ante los vítores que le dirigía la multitud, en París, solo atinaba a decir: “¡qué idiotas!…”

Hoy, de nuevo, el mundo está lleno de idiotas, imbéciles que se humillan dizque para evitar guerras y actos terroristas como si los 100.000 muertos en Siria fueran poca cosa. Llegan al extremo de asegurar que la maquinaria bélica de los gringos es insuficiente y que se llevarían una desagradable sorpresa con Siria. Y creen que si el gobierno de Obama se abstiene de arrasar el arsenal de Assad, los gringos estarán exentos de todo mal y peligro. Nada más falso.

El pacifismo a ultranza no evita las guerras, en el mejor de los casos, las posterga. Y, en el entretanto, estimula muchas injusticias. Por miedo a dar un cañonazo, se puede perder el mar de San Andrés y también a San Andrés. Por firmar un acuerdo de ‘paz’ con una banda terrorista, dizque para evitar la inmoralidad de la guerra, se puede perder la libertad de millones de personas. Promover guerras es criminal, pero rehusarse a afrontarlas es una claudicación suicida; la sumisión deviene en esclavitud.

El pacifismo y el apaciguamiento son dos consignas que conllevan un evidente propósito político que se contrapone a esa máxima latina que no ha podido ser desvirtuada: “Si quieres paz, prepárate para la guerra”.

(Publicado en Periódico Debate, el 23 de septiembre de 2013)

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Posted by Saúl Hernández

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