manejando-ebrioEs probable que la Ley 1696 de 2013, o ‘Ley de Borrachos’, termine por convertirse en el mayor avance pedagógico de los últimos tiempos en Colombia. Desde épocas coloniales hemos sido proclives al incumplimiento de la ley, al extremo de acuñar frases ‘célebres’ como esa de “se acata pero no se cumple”, una verdadera contradicción en los términos que refleja nuestro anárquico sentido de justicia.

Aquí siempre han estado prohibidos y castigados muchos de los comportamientos que provocan perjuicio social como el de conducir bajo el influjo del alcohol. Sin embargo, esta ha sido una de las proscripciones más burladas con el argumento de que “no pasa nada”, que quienes suelen conducir con tragos rara vez se accidentan —mucho menos con muertos y heridos de por medio— y casi nunca son pillados y sancionados, por lo que a tantos colombianos les parece tan natural beber y conducir.

El problema es que cada año tenemos un promedio de 500 víctimas fatales de conductores en estado de alicoramiento, y muchos más heridos. Y no hay que olvidar que si bien el licor (y otras sustancias) no es la única causa de accidentes, su presencia en el organismo disminuye de manera ostensible las aptitudes para manejar, por lo que está prohibido mezclar ambas actividades. De hecho, si alguien pierde el control de un vehículo por daños técnico-mecánicos y ha consumido licor, se considera a este como la causa del accidente y no como un simple agravante, porque se pierden los reflejos que en estado de sobriedad habrían atenuado los daños.

El alcohol, el exceso de velocidad, el sueño o fatiga, y las distracciones al conducir (como el uso del celular), son conductas de alto riesgo que no tienen justificación alguna, por lo que en el mundo se están tratando con tolerancia cero. España incrementó el costo de la sanción por conducir con alcohol a 1.000 euros, como complemento a su estricta normativa de conducción por puntos, y México implementó el arresto administrativo inconmutable por 36 horas, lo que también se planteó para Colombia sin éxito en el Legislativo.

Un sondeo virtual del periódico El Colombiano arrojó un 87% de apoyo a esta ley, y los resultados inmediatos no son solo ejemplarizantes sino contundentes. En el primer fin de semana de su aplicación, el número de conductores manejando con tragos se redujo un 14%, en tanto que la accidentalidad en personas bajo la influencia del alcohol, en las fiestas decembrinas, se disminuyó en un 84% con respecto a las cifras de años anteriores. Pero si ese descenso no luce suficientemente considerable, tal vez pueda valorarse que mientras que el 24 de diciembre de 2012 hubo 12 muertes ocasionadas por conductores ebrios, en el reciente 24 no hubo ninguna.

Las muertes que provocan los borrachos al volante son inaceptables y, además, prevenibles, por lo que no es mucho lo que se haga para evitarlas. El valor de la vida prima sobre todos los demás y con ella no pueden compararse los supuestos perjuicios que esta ley les acarrea a los infractores y a sus familias. Ni el perder la licencia de conducir, ni el cancelar onerosas multas y ni siquiera el tener que ir a la cárcel son equiparables con la muerte de un ser humano o con la pérdida de funciones vitales por simple y llana irresponsabilidad.

Durante décadas se han hecho campañas educativas (como ‘Entregue las llaves’, ‘El conductor elegido’, ‘La tengo viva’ o ‘Inteligencia vial’) dirigidas a disminuir o erradicar la fatal combinación de licor y gasolina, pero ninguna ha arrojado resultados positivos. Al contrario, año tras año aumentan los accidentes y la gravedad de los mismos.

En cambio, la Ley 1696 confirmó, una vez más, lo que ya sabíamos: que aquí solo cala la mano dura porque la gente no entiende por las buenas. El país no necesita más leyes sino hacer cumplir las que tiene, y no está nada mal lograrlo mediante la amenaza de sanciones draconianas. A la postre, una vez que contemplemos los beneficios que tendríamos todos, talvez podamos aprender a respetar las normas por convicción y no por coacción. Será un duro aprendizaje, pero la letra con sangre entra.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 6 de enero de 2014)

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Posted by Saúl Hernández

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