François Hollande ha prometido destruir el Estado Islámico, de ahí que muchos interpreten el envío de Enrique Santos a La Habana como un mensaje de urgencia para que las Farc firmen la paz antes de que se cierre la ventana de las oportunidades. Sin embargo, hay que leer a Anncol para entender la verdadera razón de enviar al Primer Hermano de la Nación –hoy convertido en el ‘Big Brother’– a enderezar, a favor de las Farc, el rumbo de las conversaciones.

Dice el portal noticioso de las Farc que Humberto de la Calle “no es ninguna solución, sino el problema y que (…) por su ánimo pesimista en sacar adelante los acuerdos en La Habana debe ser reemplazado por alguien que tenga optimismo innato, y voluntad”.

En entrevista para el Canal Capital, ‘Timochenko’ afirmó que el hermano del Presidente les aseguró que las cosas se podían ‘cuadrar’ para no ir tras las rejas, y les manifestó que las sanciones se podrían pagar fuera del país. “Podemos ir a Varadero”, apuntó, entre risas, el jefe de las Farc.

Esa es la voluntad que le reclaman a De la Calle, cuyo rechazo podría meter en problemas el proceso de paz puesto que él sería el más indicado para tomar las banderas de Santos en la Presidencia y así cumplirles a las Farc el rosario de concesiones otorgadas. Aunque se intente hacernos creer algo distinto, se sabe que la relación entre Santos y Vargas Lleras no camina, y es este último quien está capitalizando todos los éxitos del Gobierno –que no son muchos–, como lo hizo Santos con el de Uribe, y bien dice Horacio Serpa que Vargas no tiene interés en la ‘paz’.

De ahí la decisión de poner a Rafael Pardo en el partidor presidencial con una ‘chequera’ de 3.000 millones de dólares que deberá ejecutar, con o sin posconflicto, en el año y medio que falta de aquí a mayo del 2017, un año antes de las presidenciales, que ves la fecha límite en la que deben renunciar los interesados para no inhabilitarse. De manera que el año que viene habrá un desparrame de mermelada no apto para diabéticos.

En medio de todo está el plebiscito, que, según el presidente Santos, será ‘vinculante’, o sea que si gana el No, se acaba el proceso. No le creemos. Después de todas las maromas que él y su bancada han hecho para darle vida a ese Frankenstein, el Gobierno no se dará la pela de perder una votación con el mismo umbral del de 1957, que en esa ocasión representaba a la mitad del censo electoral y hoy solo al 13 por ciento.

En esto hay que escuchar a los que mandan, y ‘Pastor Alape’ afirmó en El Orejón (la vereda donde se gastaron ocho meses para inspeccionar un área equivalente a dos canchas de fútbol), que el plebiscito “no es vinculante” y que “no deja de ser un aplauso o una rechifla”.

Pues todo indica que esa rechifla será muy sonora. Es tan difícil sacar cinco millones de personas a tragarse ese sapo, como evitar que salgan cinco, seis o siete millones a escupirlo. Para la oposición, la estrategia no será abstenerse sino salir a votar por el No, pero la pelea contra tanta mermelada va a ser dura.

El país se maneja en la mesa de los Santos, no la de ese tembloroso municipio de Santander, sino la de una hacienda de Anapoima, a donde se va a construir una carreterita de 800.000 millones de pesos. A fin de cuentas, “el de la chequera soy yo” (“l’État c’est moi”). Pero que el hermano sea el que negocie con terroristas (incluyendo indultos gratuitos) y que el hijo esté pidiendo cabezas de periodistas es inaceptable. Más despótico que el nepotismo no hay nada, elegimos a uno y nos gobierna toda la estirpe, el combo completo. Ya todo parece asunto de familia.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 1 de diciembre de 2015)

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Posted by Saúl Hernández

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