Mientras proclaman la reconciliación, los promotores del sometimiento empezaron la cruzada por el plebiscito colgándole un lapidario inri al uribismo: “fascistas”, espetó Gaviria por unas banderas y unas camisas negras que usaron los camioneros para protestar. Pero lo que promovió Uribe fue un crespón negro en la bandera, señal universal de luto, muy a propósito por la agonía de muerte que padece nuestra democracia. Y si fueran banderas negras, sepa Gaviria que la figura cimera de su partido, Jorge Eliécer Gaitán, las usó en la célebre Marcha del Silencio: “Aquí no hay aplausos sino millares de banderas negras que se agitan”, proclamó. Igualmente, un ministro dijo que “promover banderas negras es una ofensa a los símbolos patrios”, pero no mencionó que cambiar el himno también lo es, y que contratar una agencia de publicidad por más de mil millones de pesos para hacer esa vuelta es monda y lironda corrupción.

Son denuestos similares a los de ‘Jesús Santrich’, quien trató a Uribe de “paraco” luego de que el mismísimo ‘Timochenko’ le enviara dos cartas perfumadas al expresidente, como tendiéndole gladiolos disfrazados de ramas de olivo. Igual actitud a la de Santos, que acudió al género epistolar tras repetidos insultos hacia su mentor, extensivos a su familia y exfuncionarios. Carta para la galería que Uribe despachó de un muletazo al natural y cuya futilidad quedó al desnudo cuando pidió reabrir algunos capítulos y el ministro Cristo lo interpretó como un intento “de dilatar la firma final”.

En lugar de tomarse un tinto, debería realizarse un debate televisado entre Uribe y Santos sobre los acuerdos de La Habana, esos que nadie lee ni leerá, y que los adeptos al proceso consideran meros borradores cuando se les echan de ver esos puntos que ningún colombiano aceptaría. Un cara a cara imposible, sin embargo, por lo desigual. ¿Recuerdan la faena de Uribe en la cumbre de la OEA, en Santo Domingo (2008), donde barrió y trapeó con Chávez, Correa y Ortega?

Santos no es tonto. Prometió una refrendación del pueblo para lavarse las manos por lo que pueda resultar. Si esto sale bien, será obra suya; si no, será responsabilidad de los colombianos. Y para lograr la aprobación ha hecho todo lo que ha estado a su alcance: primero, una ley para que se pudiera votar el mismo día que otros comicios; luego, cambiar de referendo a plebiscito para no tener que preguntar por los detalles molestos; después, bajar el listón del 50 al 13 por ciento para poderlo superar.

Y hay más trampas: tratar como guerreristas a los disconformes, gastar millonadas en publicidad promoviendo esta paz, poner a los funcionarios a hacer campaña por el sí, presionar a las comunidades con la entrega de obras y la mayor de todas, que es jugar con la ilusión de los colombianos. Y eso que Santos ha sido muy cuidadoso en afirmar que el acuerdo con las Farc no es la paz sino que esta llegará cuando se efectúen las transformaciones pactadas en La Habana. ¿Cuáles? ¡Miren a Venezuela!

A este plebiscito se ha llegado caminando al filo de la ley, es todo un fraude, por lo que hay razones de sobra para abstenerse y no legitimarlo. Pero no participar es más gravoso que perder: una cosa es que las Farc ganen con el 95 por ciento de la votación y otra, que lo hagan con el 55 o 60 por ciento. Hasta podría ser que gane el no. Pero lo que no va a pasar es que no se alcance el disminuido umbral. Si eso es lo que esperan los partidarios de la abstención, están jugando al azar.

Sí, estamos ante una gran maquinación vestida con ropajes democráticos, pero lo realmente importante es oponerse a un acuerdo que es funesto para el país. Por eso hay que votar no.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 26 de julio de 2016)

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Posted by Saúl Hernández

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