Jamás llegamos a sospechar que Medellín fuera a parecerse a esas ciudades chinas, como Beijing, donde se cierne un manto negro de contaminación que no deja ver más allá de unas cuadras y donde la gente usa máscaras antigases. Y no lo imaginamos por varios motivos: 1) Nosotros no producimos energía eléctrica quemando carbón, que es la mayor fuente de contaminación en muchos países; 2) nuestro índice de motorización es de los más bajos del mundo, o sea que somos de los países que tienen menos vehículos por habitante; 3) nuestra industria manufacturera —de chimeneas— se disminuyó ostensiblemente desde los ochentas y ahora prima el sector servicios; y 4) el metro remplaza varios centenares de buses contaminantes. Cada tren (tres vagones) tiene una capacidad de mil pasajeros, lo que equivale a unos 12 buses de 80 pasajeros, por lo que sus 58 trenes remplazan al menos a 696 buses, y eso sin considerar los metrocables y el nuevo tranvía.

Entonces, ¿qué pasó con el medio ambiente de la ciudad? El Valle del Aburrá es un cañón hondo y estrecho con escasa circulación de vientos en el que la contaminación se acumula como la basura en un hueco, un verdadero agujero negro del que nada se escapa. Y a pesar de tratarse de un ecosistema tan sensible, en este territorio tan escaso se amontonan actualmente más de 3.5 millones de habitantes y contando, porque ya Medellín no es destino solo de antioqueños sino que junto a sus municipios vecinos se volvió un lugar aspiracional para gentes de todo el país y hasta para extranjeros. Un problema que puede agravarse con la tendencia a hiperdensificar la ciudad.

Sabemos, pues, que Medellín es la ciudad con el aire más contaminado de Colombia, y de las primeras en América Latina, pero eso en vez de promover medidas que eviten un mayor deterioro y susciten una mejoría cuantificable en la calidad del aire, solo ha servido para la demagogia y el medioambientalismo de cafetería. Ninguno de los últimos alcaldes ha tenido un enfoque serio en ese aspecto y han cometido errores que hoy nos están costando caro, dejando pasar oportunidades para sumar avances, porque esto no tiene una única solución sino que requiere la adición de pequeños logros.

Sin ánimo concluyente, es importante contemplar soluciones en tres grandes áreas: movilidad eléctrica, reforestación e innovación. En cuanto a lo primero, se ha notado cierta desidia para implementar este tipo de movilidad en la ciudad y poco se está haciendo para estimularla. Alonso Salazar ignoró el consejo de numerosos expertos que sugirieron un Metroplús eléctrico, con catenaria (tipo trolley), y no a gas, el cual no es tan limpio como nos han hecho creer. Hoy se habla de comprar buses eléctricos con baterías —cuya disposición final es problemática— y están en construcción los Metroplús de Envigado e Itagüí, que aún están a tiempo de ser eléctricos.

Por otro lado, las Empresas Públicas de Medellín tienen en prueba unos cuantos carritos eléctricos que más parecen de juguete cuando la mayor parte de su flota debería ser eléctrica ya. La Universidad Pontificia Bolivariana hizo pruebas exhaustivas con un trolley dentro de su campus y cuando solicitó permiso para extender cables hasta la estación Estadio, con el fin de conectar gratuitamente a sus estudiantes y empleados con el metro, se lo negaron.

Por su parte, los transportadores del sector de Itagüí, La Estrella y San Antonio de Prado, anunciaron que se van a unir en una sola empresa que va a implementar buses padrones en la avenida Guayabal y que ‘podrían’ ser eléctricos, pero las autoridades locales y regionales no han movido un dedo para ayudar a que eso se haga realidad. En vez de derrochar dinerales en publicidad, eventos y obras inútiles, se debería fomentar la masificación de buses, camiones repartidores, taxis, carros particulares, motos y bicicletas eléctricos.

(Continuará)

(Publicado en el periódico El Mundo, el 11 de abril de 2016).

> Lea la columna El aire de Medellín (y 2)

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Posted by Saúl Hernández

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