Así como no todo lo que brilla es oro, tampoco todo lo que parece corrupción lo es. Una cosa es que al fiscal anticorrupción Luis Gustavo Moreno lo descubran recibiendo un soborno —o cobrando una extorsión— del también corrupto exgobernador de Córdoba Alejandro Lyons. Una cosa es que, igualmente, desenmascaren a varios magistrados del Tribunal Superior de Villavicencio que vendían beneficios judiciales incluso a cambio de favores sexuales. Y una cosa es que al contralor de Antioquia, Sergio Zuluaga, y al director del hospital La María, William Marulanda, les destapen un chanchullo de cientos de cirugías plásticas realizadas con recursos públicos, incluyendo las del contralor y las hermanas del director, una de las cuales es una flamante exauditora general de la República.

Pero otra cosa, muy distinta, es el caso del exsecretario de Seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, acusado por la Fiscalía de concertarse con bandas de criminales con intenciones que lucen muy exóticas, pues, según el ente acusador, Villegas se favorecía económicamente al evitar que una empresa de transporte de alimentos de su familia fuera objeto de extorsión, como es de común ocurrencia en la ciudad, mientras que, en lo político, obtenía el supuesto beneficio de erigirse como artífice de la seguridad y la convivencia con miras a convertirse en futuro alcalde de la ciudad.

Pero, según varios medios, “la Fiscalía tiene en su poder 14 pruebas que serían la evidencia para asegurar que el exsecretario les brindó información confidencial a jefes de estructuras criminales como Rodolfo Rojas, alias Pichi, y Julio Perdomo, para favorecer el sometimiento a la justicia de la Oficina de Envigado”. Repitamos: “…para favorecer el sometimiento a la justicia de la Oficina de Envigado”. Luego, ¿cuál es el delito?

Si algo evidencian las 14 pruebas presentadas por la Fiscalía es que Villegas estaba trabajando para obtener el sometimiento de los delincuentes, lo cual no es un ‘favor’ para ellos sino para la sociedad. Y, como se ha conocido en los últimos días, se estaba trabajando en una ley de sometimiento a la vista de todas las autoridades, las reuniones se hacían en el búnker de la Fiscalía, de las que hay actas firmadas por los asistentes. Villegas también se reunió con delincuentes ya capturados y lo hizo en la Fiscalía, no en bares como hacía un conocido magistrado investigador de la parapolítica, ni en una finca, que fue lo que complicó el caso de Luis Alfredo Ramos.

Gustavo Villegas es un hombre probo, miembro de una familia respetable, y ha sido un funcionario destacado de las alcaldías de Sergio Fajardo y Alonso Salazar. A favor de su gestión se levantan voces tan destacadas como las de la asociación de víctimas Madres de La Candelaria y de uno de los más serios y conocedores analistas de la situación de seguridad de Medellín, como lo es Fernando Quijano, presidente de Corpades y hombre de izquierda para más señas.

No puede ser que en Colombia siga primando una visión monocular de nuestra violencia que lleva a entregarles el país a los violentos de izquierda, reconociéndoles un supuesto altruismo, mientras que ni siquiera se puede buscar el sometimiento de delincuentes comunes, o de aquellos a los que se ubica a la derecha del espectro, dizque por tener intereses egoístas. No puede ser que quienes pagaron extorsión a las guerrillas se consideren como víctimas y quienes les pagaron a los ‘paras’ sean vistos como colaboradores sujetos de acción penal. No puede ser que hoy se condene a Abelardo de la Espriella por pedir la muerte de un tirano como Nicolás Maduro cuando ayer se aplaudía la justificación que hacía Carlos Gaviria del accionar guerrillero diciendo que “Una cosa es matar para enriquecerse y otra cosa matar para que la gente viva mejor”.

Muchos se preguntan si esta persecución es, en realidad, contra una figura casi desconocida en lo político como Gustavo Villegas, o si es, más bien, contra el mismo Federico Gutiérrez, quien ha sido tan crítico contra el proceso de paz con las Farc. Es que un desplante como el de Federico en aquel foro presidido por alias ‘Pastor Alape’ y el narcoelefante Samper, no lo perdonan fácil. No sería de extrañar que, no contentos con Villegas, al alcalde lo terminen enredando también.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 17 de julio de 2017).

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario