A pesar de que Juan Manuel Santos es Nobel de Paz y uno de los 100 personajes más influyentes del mundo, según la revista Time, es realmente difícil encontrar a un mandatario más desprestigiado. Nunca antes un Sumo Pontífice le había concedido una audiencia al presidente de una nación haciendo extensiva la invitación a su más acérrimo opositor, ni es común que el presidente de la nación más poderosa del mundo se reúna primero con un jefe de la oposición que con un presidente en ejercicio, pero con Santos nada es para sorprenderse.

Exceso de celos despertó el encuentro entre Uribe y Pastrana con Donald Trump. Primero, el Gobierno reaccionó con enconó por el ardor que sintió en su rabo de paja y lo catalogó como traición a la patria. Uno de los más críticos fue el general Naranjo, al que se le olvidó su indigno papel de informante de la Embajada de EE.UU., como lo constatan los Wikileaks. Después, nos quisieron hacer creer que la reunión con Trump fue un asunto casual, como si cualquiera pudiera entrar a un exclusivísimo club a comerse una hamburguesa y toparse con el presidente de la primera potencia mundial en un pasillo.

Los tiempos cambian. El gobierno de Obama fue deplorable para la región y para el mundo. Descuidó su ‘back yard’, permitiendo el acercamiento e injerencia de Rusia y China. Fortaleció la dictadura cubana restableciendo relaciones diplomáticas sin que ello significara una mejora de los derechos humanos en la isla o avances democráticos. Apoyó las negociaciones con las Farc sin considerar las exageradas concesiones realizadas. Y, ante la situación venezolana, cerró los ojos y miró para otro lado.

Hoy, la única opción para Venezuela, antes de que se desate una cruenta guerra civil o de que haya un exterminio de opositores —un verdadero genocidio—, es que Trump mande por Maduro y su pandilla como Bush padre mandó por Noriega, en 1989, o como Reagan mandó por un dictadorzuelo de la isla de Granada (Hudson Austin), en 1983. Lamentablemente, Trump tiene otras prioridades y Venezuela no le importa a nadie; al bravo pueblo le va a tocar defenderse solo.

Ahora viene Santos a retirarle su apoyo a esa dictadura reivindicando que hace seis años le advirtió a Chávez sobre el fracaso de su revolución. Puro cinismo, porque desde que llegó a la presidencia se convirtió en validador del socialismo del siglo XXI y transformó a Chávez en su “nuevo mejor amigo” para que este le sirviera de garante del proceso de paz con las Farc. En eso, Maduro no se equivoca: Chávez fue determinante para que las Farc se le apuntaran a la estrategia de convertir la paz en la continuación de la guerra por otros medios. Ahí está lo que el dictador venezolano, en su desespero, podría develar; que todo esto es un ardid para conquistar el poder con el pretexto de una paz ilusoria, sin libertades, en una dictadura marxista.

Mientras tanto, el proceso de reinserción muestra grietas por todas partes. El Ejército encontró una caleta de las Farc con diverso tipo de armamento, incluyendo 54 fusiles, a pesar de que Santos había dicho que la ONU ya tenía en su poder las 14.000 armas de las Farc. Luego se precisó que eran 7.000. Pero ‘Timochenko’ disimula el incumplimiento con el cuento de que hay 900 caletas reportadas a la ONU para que esta haga acopio del armamento. Un promedio de 50 fusiles en cada una totalizaría los 45.000 que los expertos les atribuyen, pero no hay más que dudas.

Lo mismo ocurre con la denuncia de María Corina Machado y del gobernador del estado de Amazonas, en Venezuela, de que en esa región hay 4.000 guerrilleros de las Farc. Es decir, no participan en el proceso los milicianos (al menos 7.000), no participan centenares de disidentes, no participa un número indeterminado que se pasó al ELN, no participan los que están en Venezuela… ¡Una verdadera farsa!

Oremos por Venezuela, en sus calles se está jugando también el futuro de Colombia.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 24 de abril de 2017).

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario