Bajo este título, el filósofo brasileño Olavo de Carvalho escribió, hace veinte años (‘Jornal da Tarde’, 3/4/1998), una columna que cae como anillo al dedo para hablar del curso que han tomado –una vez más– las protestas estudiantiles en Colombia. Allí critica que los jóvenes se caracterizan por “el espíritu de rebaño, el temor al aislamiento, el servilismo a la voz cantante, el ansia de sentirse iguales y aceptados por la mayoría cínica y autoritaria, y la disposición de hacer lo que sea a cambio del reconocimiento grupal”, de donde se concluye que la muchachada se deja llevar de cabestro por fuerzas que los quieren manipular.

Explica Carvalho que “el joven se rebela muchas veces contra sus padres y profesores –y aquí podemos añadir nosotros al Estado–, pero es porque sabe que en el fondo están de su parte y jamás responderán a sus agresiones con fuerza total”; como la policía, que ahora se deja apedrear, corretear y chamuscar. Incluso, los jóvenes se creen con derecho a agredir sin réplica, como la de una conductora que les tira el carro para huir. La mala es ella. Como mala también es la madre –una sola– que se atreve a buscar a su hijo, correa en mano, para sacarlo de ese rebaño de vándalos.

Sin embargo, objeta Carvalho, “muy diferente es la situación del joven ante los de su generación, que no tienen con él las condescendencias del paternalismo”. El joven tiene que “amoldarse a los caprichos de la mayoría –la supresión, en definitiva, de la personalidad–”. Y “la familia (y aquí añadimos de nuevo al Estado), que le ha dado todo, pagará por las maldades de la horda que se lo exige todo. A eso se reduce la famosa rebeldía del adolescente: amor al más fuerte que lo desprecia, desprecio al más débil que lo ama”.

Todo eso lo saben muy bien quienes instrumentalizan a los jóvenes para alborotar el cotarro. Está muy claro que las marchas de estos días no son por la universidad ni por la educación. Esos son pretextos. La izquierda había venido anunciado un gran impulso a la protesta social. Luego, las marchas son políticas y tienen el objetivo de debilitar y desestabilizar el gobierno de Iván Duque, de no dejarlo gobernar. Los muchachos dicen que rechazan la violencia, pero le hacen el juego; su declaración es de labios para afuera, con un falso toque de ingenuidad. En cambio, el mensaje de las marchas es claramente extorsivo y está subiendo de tono, es una amenaza contra el Estado y la sociedad. Los usan y se dejan usar.

Los que quieran una educación de calidad deben hacer algo muy distinto: estudiar. El aprendizaje no se obtiene por ósmosis ni conectando el cerebro por wifi. La excelencia no se logra en cinco minutos, mientras se chatean tonterías. Bájenles a las redes sociales, a la rumba, a la cerveza, a la bareta. El saber no depende de la plata. Hay muchos asnos de estrato 6, graduados en las universidades más caras, y genios que han brotado de instituciones y entornos muy precarios. Lo que natura no da, el dinero no presta.

La conclusión de Olavo de Carvalho es lapidaria: “La juventud, desde que la cobardía de los adultos le dio autoridad para mandar y desmandar, ha estado siempre a la vanguardia de todos los errores y perversidades del siglo: nazismo, fascismo, comunismo, sectas pseudorreligiosas, consumo de drogas. Son siempre los jóvenes los que están un paso al frente en dirección de lo peor. Un mundo que confía su futuro al discernimiento de los jóvenes es un mundo viejo y cansado, que ya no tiene ningún futuro”.

En el tintero: si apenas somos 45,5 millones de habitantes, ¿no será que el censo electoral de 36,4 millones está inflado? ¿No estará la Registraduría tan desvirolada como el Dane?

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 13 de noviembre de 2018).

 

El Imbécil Juvenil, de Olavo de Carvalho by on Scribd

 

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario