No parece un asunto de poca monta que Iván Márquez haya ido a refugiarse al Caquetá tras la captura de su íntimo amigo Jesús Santrich y la entrega a los gringos de su sobrino Marlon Marín. Allá en las selvas caqueteñas lo espera alias ‘El Paisa’, jefe de la columna móvil Teófilo Forero, peligroso grupo de sicarios que le proveerán a Márquez protección y las facilidades necesarias para ir reactivando los frentes guerrilleros. ¿Es lo que quieren hacer?

Santrich no traficaba solo, las Farc son un grupo de narcos, el mayor cartel narcotraficante del mundo. Y el sobrino Marlon no se fue a conocer Disneylandia; entre matones no hay escrúpulos y para salvarse son capaces hasta de vender la madre. Ya Márquez estaba anunciando su posible captura al divulgar que Santrich le había dicho que él sería el siguiente, como si tuviera información privilegiada o capacidad de predecir el futuro. Lo cierto es que a las autoridades de Estados Unidos no les va a interesar mucho que Marlon Marín eche al agua a alcaldes de pueblos que han manejado mal los contratos para la paz. A él se lo llevaron para señalar peces gordos.

Dice el refrán que “de aquellos polvos, estos lodos”. Pues bien, a Juan Manuel Santos se le advirtió que negociar con las Farc sin que estas se apartaran del narcotráfico, entregando cultivos, laboratorios, rutas, socios y demás, era un saludo a la bandera que en nada contribuía a la cacareada paz. Por eso, se le hizo saber al país, desde diferentes frentes, que este no era un proceso de paz sino una gigantesca operación de lavado de activos del narcotráfico.

En efecto, La Habana ordenó que se dejaran de erradicar los cultivos ilícitos, y rápidamente el ministro de Salud Alejandro Gaviria prohibió la aspersión aérea con glifosato alegando supuestos perjuicios para la salud. Nunca explicó por qué el glifosato seguía siendo legal —y saludable— para asperjar todo tipo de cultivos lícitos, como arroz, papa, algodón, frutas y demás.

Adicionalmente, se creó el incentivo perverso de pagarles cerca de 36 millones de pesos a cada familia campesina que tuviera sembrados de coca con el fin de que arrancaran las matas de manera voluntaria y sin mucha verificación. Así, los que no tenían coca la sembraron y los que ya tenían, la aumentaron. El país quedó inundado en coca, y ya se habla de cerca de 250.000 hectáreas de área sembrada y de una producción anual que supera las mil toneladas.

Y en esto —hay que insistir en ello—, los chachos de la película son los de las Farc, que es el gran cartel de la coca hace muchos años. Es que de la noche a la mañana no se sacan diez toneladas de perico para traficar como se saca un conejo del sombrero del mago. No fue por un capricho que la revista Forbes clasificó a las Farc, hace unos años, como el tercer grupo terrorista mejor financiado del mundo, con un flujo de caja de más de 600 millones de dólares anuales. Tampoco lo fue que la revista The Economist calculara su fortuna en 10.000 millones de dólares, contando con información clasificada de la UIAF, cuyo director fue despedido por Santos tras la revelación. Por eso fue indignante que quisieran reparar a las víctimas con traperos y exprimidores de limones.

En realidad, poco importa si las Farc narcotraficaron para fortalecer su lucha revolucionaria y liberticida o si lo hicieron para el enriquecimiento personal de sus cabecillas. Y no importa porque ninguna opción es buena. Al fin y al cabo, se hicieron partícipes del daño que las drogas le han hecho al país como si no fuera suficiente con el daño que hacían con sus fusiles. Que no venga Santrich a dárselas de mártir sacrificándose mediante una huelga de hambre; allá él con su chantaje moral, ningún bandido va a venir a cargarle su muerte a los colombianos.

Craso error cejar en el combate de las drogas. Ahí tienen Guacho y las Farc encendida la frontera con Ecuador. Ahí tienen los gaitanistas encendido el Urabá. Ahí tienen el Epl y el Eln la mecha prendida en el Catatumbo. Y hay incendios menores por todas partes. Esa es “la paz” de Santos, que dejó prendida la más turbulenta llamarada, la mecha de la coca.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 23 de abril de 2018).

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Posted by Saúl Hernández

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