Iván Duque no va a ser un títere de nadie, como sí lo son los gobernantes de izquierda, todos atados a lo que digan las elites socialistas del momento, sean China, Rusia, Cuba, etc. Mucho menos lo será de Álvaro Uribe, quien en su gobierno solía dar amplio margen de maniobra a sus ministros, muchos de los cuales terminaban dando muestras de tener agenda propia a pesar de que se decía que Uribe ejercía todos los ministerios.

Es más, no puede ser un títere porque la majestad del cargo dota al presidente de la República de una autonomía tal que nada tiene qué consultarle a ningún otro dirigente político por importante que sea, incluso aunque sea su padrino y su mentor; el gigante sobre cuyos hombros se levantó para alcanzar un sitial que le era muy lejano.

Bien dijo Jorge Enrique Robledo que, sin Uribe, “Juan Manuel Santos no hubiera ganado ni siquiera la alcaldía de la ciudad de hierro”. Y, en el mismo sentido, el redactor político del periódico El Mundo, conocido simplemente como ‘Nacho’, escribió hace poco que Álvaro Uribe es el único político capaz de convertir a un desconocido en presidente de la República (La varita mágica de Uribe, El Mundo, 13/03/2018). Sobra decir que se refería a Iván Duque.

La verdad es que, en su momento, nadie esperaba que Santos fuera un títere de su mentor, pero sí que respetara las ideas con que se había comprometido. Se sabía que eran hombres de estilos muy distintos y se esperaba que Santos continuara, a su manera, con las políticas de Uribe; es decir, con cambios de forma pero no de fondo, porque eso fue lo que refrendaron en las urnas nueve millones de ciudadanos. De ahí que lo grave no es que Santos le diera el beso de Judas a Uribe, sino que traicionara, fundamentalmente, a las mayorías que lo eligieron, demostrando desde el primer día que era “el caballero sonriente que esconde el puñal bajo la capa”, como había advertido Luis Carlos Restrepo.

En realidad, mantener un ideario politico, desde el más alto sitial, sin necesidad de humillarse ante aquel a quien se debe todo, no solo es viable sino necesario. En cambio, mudar unas convicciones por otras, solo por demostrar independencia y autonomía puede constituirse en una torpe muestra de abominable ambición y hasta de sórdida ingratitud.

Francamente, es una mala señal que Iván Duque dé tempranos indicios de que podría repetir la historia de traición protagonizada por el malicioso Juan Manuel Santos. La alianza a que ha llegado Duque con la excandidata presidencial Viviane Morales es una bofetada al uribismo porque las heridas propinadas por Morales en su paso por la Fiscalía son recientes y aún están abiertas.

Como fiscal general, Morales se dedicó a perseguir enconadamente a cualquiera que hubiera trabajado en los gobiernos de Uribe. Su animadversión manifiesta la llevó a montar un vulgar circo el dia de la formulación de cargos contra Andrés Felipe Arias, que no se llevó a cabo en una sala de audiencias sino en un teatro colmado de antiuribistas rabiosos que convirtieron el procedimiento en una especie de linchamiento público.

No es tema menor que esté casada con el exguerrillero Carlos Alonso Lucio, un velado personaje conectado con la mafia y el paramilitarismo, y el que Arias asegure que “Es una mujer con vínculos probados a la ilegalidad”, sobre lo cual dice haber incluido testimonios en su proceso judicial en Estados Unidos.

En el fondo, constituye un agravante el hecho de que el propósito de semejante alianza no sea muy claro, pues la señora Morales no tiene votos y en las encuestas ni siquiera supera el margen de error. Entonces, ¿por qué pasar por alto las falencias conocidas por todos y recordadas por el exministro Arias en una carta difundida desde su encierro? ¿Acaso la juventud de Duque lo llevó a tratar de demostrar que no es títere de nadie tomando una decisión tan absurda? Santos, al menos, esperó a ser electo.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 7 de mayo de 2018).

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Posted by Saúl Hernández

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