El tango dice que “veinte años no es nada”, pero el chavismo ni siquiera necesitó diez para acabar a Venezuela, el país más rico del vecindario. Sí, los venezolanos eran ricos y no lo sabían (como lo cuenta una crónica de este diario) cuando votaron por Chávez ese 6 de diciembre de 1998.

Y muchos lo siguieron atornillando cada que él se inventaba nuevas elecciones para perpetuarse en el poder, como lo intenta hacer hoy su discípulo Evo Morales. Y aplaudían su populismo de galería, como el que ya exhibe López Obrador al cancelar la construcción de un aeropuerto, espantando el capital, y poner en venta el avión presidencial, por el que alguna aerolínea pagará mucho menos de su valor original.

Como en toda aventura comunista, Venezuela dio un gran salto, pero uno mortal hacia atrás: la pobreza pasó del 49 por ciento en 1998 al 87 por ciento de hoy; el desempleo se trepó del 10 al 33 por ciento, y el salario mínimo cayó a cinco dólares, lo que vale una Big Mac. Allá, el pan de cada día es la hiperinflación, de un millón por ciento para este año, y el desabastecimiento. Ya los venezolanos ni luchan; la única salida que ven es el éxodo, aunque sea a pie, sin destino claro y les toque afrontar condiciones de miseria y rechazo. Son “gente delgadita, desolada y triste que recorre América Latina”.

A Chávez le perdonaron la sangrienta intentona de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, y lo premiaron con la presidencia a pesar de que muchos advirtieron que sería un dictador y llevaría a Venezuela por la desastrosa senda del ‘progresismo’. Por eso no es de extrañar que su amigo Gustavo Petro –quien ya pidió perdón– termine exonerado, tanto por la justicia como por la opinión, por el sórdido video que no ha podido explicar.

Sería interminable enumerar las contradicciones y los vacíos en que ha incurrido Petro en su intento de demostrar que metió la pata, pero no la mano. Sin embargo, ni sus conmilitones dudan de que sea algo “tenebroso” (Fajardo), “de mafiosos” (Claudia López) y que “merece sanción social y algo de sanción legal” (Mockus). Petro podrá salir con sus falacias de siempre y sus berrinches de persecución política, pero le será imposible hacernos olvidar su verdadera esencia, la del falso revolucionario que acaricia los fajos lujuriosamente pensando en sus Ferragamo de millón ochocientos, en sus jeans Ricky Straight de millón trescientos, en sus mansiones milmillonarias y en sus carros de lujo, todo eso que identifica a un nuevo rico.

No creo en la Corte Suprema de Justicia porque hace mucho que viene marcando un sesgo de izquierda inocultable, pero, por muchos esfuerzos que haga para exculpar a Petro, le será imposible borrar la sospecha de que ese dinero era parte de una coima de algún contrato o, acaso, de algo más abyecto, como el aporte de un personaje de dudosa ortografía, como lo denuncia el abogado De la Espriella. A mí no me cabe duda de que son dineros mal habidos, y por eso quien los entrega decide hacer el registro.

Este episodio deja unas sabias palabras del arquitecto Simón Vélez que no debemos olvidar: “Yo vivía muerto del terror de haber apoyado a Petro. Afortunadamente se dio lo de este video, y el país se salvó de ser una Venezuela”. “La izquierda ya no me gusta. No son democráticos: se quedan en el poder y se vuelven unos dictadores de mierda”. “Petro es un peligro, no votaría por Petro por ningún motivo”.

Ojalá todos abran los ojitos: hay perdones que matan. De ser sancionado, Petro movilizará sus huestes exacerbando el clima de agitación, como ya lo está haciendo con las marchas estudiantiles. Los disturbios de Francia, que tienen a Macron en la cuerda floja, tratarán de ser replicados aquí.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 11 de diciembre de 2018).

Posted by Saúl Hernández

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