A tres meses de la elección presidencial, Gustavo Petro se ha convertido en el coco de los colombianos: no pocos andan diciendo que si él gana se van del país. Claro que hace apenas unas semanas, el puntero de las encuestas era Sergio Fajardo, a quien muchos ya veían como el caballo ganador, lo que hace dudar de la idoneidad de un instrumento que últimamente ha mostrado gravísimos desaciertos.

En el plebiscito, por ejemplo, el Sí doblaba al No en las encuestas, y a veces lo triplicaba. Sobra decir el resultado. En las elecciones locales, Federico Gutiérrez no solo no ganaba ninguna encuesta, sino que aparecía de tercero o cuarto. Y en las elecciones de 2010, Mockus arrasaba con su ola verde, ganando en todas las encuestas, pero en la primera vuelta Santos obtuvo el 46 % y el lituano apenas el 21 %, quedando los encuestadores por el piso.

Se suele creer que las encuestas tienen gran influencia en los electores y, por ende, en los resultados finales, pero tal vez la sicología del sufragante no es tan asimilable –como se cree– a la de un rebaño: son tan minoritarios los que se rigen por las encuestas como los que ven el horóscopo como algo más que un pasatiempo. Además, los cambios de ánimo que pueden producir las encuestas no se conducen en un solo sentido, sino que terminan por preservar cierto equilibrio.

Así, es posible que algunos simpatizantes de Petro, motivados por las encuestas a su favor, se decidan a votar al ver posibilidades reales de ganar, mientras que otros no lo vean necesario por mero triunfalismo. Del otro lado, los buenos resultados de la izquierda en las encuestas llevarán a que unos voten para “evitar que Colombia se convierta en Venezuela”, y a que otros no voten porque les parece que todo está perdido. Al final, estos votantes no incondicionales prácticamente terminan anulándose entre sí, por lo que la influencia de las encuestas es tan discutible como su utilidad y su buena fe, que cada día está más en duda.

¿Y cómo no estarlo cuando alguien como Petro las lidera? Bien dice Miguel Silva que, en realidad, por ahora no va ganando Petro, sino el voto en blanco y el no sabe/no responde, un maremágnum de más del 30 % que todavía no ha decidido por quién va a votar. Pero, de todas maneras, cuesta trabajo creer que un populista de extrema izquierda, amigo íntimo de Chávez y su revolución, tenga tantos seguidores.

Si bien es cierto que en Bogotá la izquierda obtuvo tres mandatos consecutivos –cuál de ellos peor– también lo es que el de Petro fue resultado de la división de fuerzas de otras corrientes que le pavimentaron el camino, imponiéndose con un pírrico 32 %. Por otra parte, en su administración cerca de cuatro millones de personas se ‘beneficiaron’ con alguno de los subsidios que implementó, lo que le asegura la fidelidad de muchos, pero todo el país fue testigo de su ineptitud.

La debacle venezolana será un cuento de hadas en comparación con lo que nos espera si Petro se convierte en el destinatario de la insulsa carta que Santos le escribió a su sucesor. Tal vez sea por eso que pretende levantar la tradicional ley seca de la jornada electoral: acaso solo borrachos cometamos semejante liberticidio; elegir un fiel representante del castrochavismo que todo lo ve bajo la óptica de la lucha de clases, pero con los pies enfundados en unos suaves Ferragamo.

Al margen… Enhorabuena la inmaculada Corte Suprema de Justicia puso las cosas en su sitio: Iván Cepeda es Caperucita Roja y Álvaro Uribe, el lobo feroz que trataba de mancillar su honor, como se desprende de ‘explosivas’ grabaciones que no se grabaron. Un nuevo capítulo de este ‘juego de tronos’ en plena campaña electoral.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 20 de febrero de 2018).

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Posted by Saúl Hernández

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