Para incomodidad de algunos, ganó Álvaro Uribe. Sigue siendo el único político capaz de ganar en primera vuelta, superando el 50 % como en 2002 y 2006, y de poner a un desconocido en la antesala de la Casa de Nariño. Como es obvio, ganó Iván Duque (39,14 %), porque ha logrado demostrar su amplia preparación y su conocimiento del país. Un hombre joven, pero con el bagaje necesario para espantar el fantasma de una supuesta inexperiencia y de ser o parecer el muñeco de ventrílocuo de alguien. También Obama era un desconocido cuando su partido lo nominó a la presidencia.

Ganó Gustavo Petro (25,08 %), quien, a pesar de haber sido pésimo alcalde de Bogotá, logró encandilar a casi cinco millones de personas porque nadie escarmienta en cuerpo ajeno. Sin embargo, solo se impuso en nueve departamentos, donde predomina la pobreza y la marginalidad.

Ganó Sergio Fajardo (23,73 %), en un reñido cabeza a cabeza con Petro, a quien le robó su fortín de Bogotá. No obstante, perdió en Medellín y Antioquia, donde el ‘profesor’ fue mal gobernador y un alcalde modesto. Su falta de preparación se hizo evidente en los debates, y nadie quiere un presidente que tiene que estar consultando a Google.

Perdió Santos. El fracaso de su exvicepresidente y el de su negociador de paz son descomunales. A ambos les cobraron su identidad con un gobierno aborrecido por las amplias mayorías, que cesó funciones en noviembre de 2016, tras la firma del teatro Colón.

Perdió De la Calle (2,06 %) por creer que podía gestionar favores para las Farc, incluyendo la no extradición de Santrich, sin que se los cobraran. Perdió Vargas Lleras (7,28 %) por creer que podía barajar con la plata de todos y que después le saldríamos a deber; que podía conquistar votos con casas y carreteras, con coscorrones y empujones, y poniendo a trabajar la maquinaria de dos de los partidos más corruptos del país: Cambio y ‘la U’.

Ganó la acuciosa Registraduría y ganaron las encuestas, que por fin coincidieron con los resultados, a excepción de los irresponsables “pronósticos” de César Caballero, que más que ser especulaciones sin fundamento constituían una manipulación indebida de la opinión con la pretensión de inflar la candidatura de Vargas Lleras. Un atrevimiento que le debería merecer una sanción.

Lamentablemente, perdió el país al no dirimir el asunto de una buena vez y ahorrarnos los 250.000 millones de la segunda vuelta, así como la polarización y las medidas desesperadas de una izquierda totalitaria en su afán de hacerse con el poder. Nos habríamos evitado graves riesgos. Petro no la tiene fácil, pero tampoco la tiene imposible.

Ahora, ¿qué puede esperarse para la segunda vuelta? Para ganar en segunda se necesitarán más de diez millones de votos. A Duque le faltan 2,5 millones y a Gustavo, más de cinco. La pregunta es: ¿a dónde van a ir a parar los 6,4 millones que suman Fajardo, Vargas y De la Calle?

La verdad es que a Petro le está funcionando la estrategia de desligarse de las ideas extremistas que lo han caracterizado y fungir como un estadista moderado que respetará el statu quo que siempre ha querido despedazar. Y la gente le cree. Por otro lado, el odio a Uribe es un combustible que mueve a muchos con un ardor tal que hasta un Héctor Abad respaldaría a Petro después de haberlo atacado.

Huele a voto finish, a menos que los colombianos respondan como en Cúcuta, donde más padecen la realidad venezolana. Allá, Duque ganó con el 60 %. La primera vuelta no pasa de ser un asunto anecdótico; viene el segundo tiempo definitivo y la ventaja es mínima. Bien se dice que la única izquierda buena para Colombia es la de James. No nos lamentemos después.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 29 de mayo de 2018).

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Posted by Saúl Hernández

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