Es difícil hablar del tema Venezuela con optimismo. Si bien es factible afirmar que lo visto la semana anterior implica ciertos avances, sobre todo al sopesarse que la liberación de Leopoldo López fue llevada a cabo por integrantes de organismos de seguridad que ya no obedecen al gobierno de Maduro, no puede negarse que, a pesar de los rumores de la inminente caída del régimen, todo se limitó a la toma de un puente frente a una base aérea en desuso, como La Carlota, y lo que temprano parecía el comienzo del fin, terminó siendo una frustración más.

Hasta ahora se sigue demostrando que la dictadura castrocomunista afincada en Venezuela, no terminará por medios pacíficos, por mucho que nos aterre la idea de una intervención armada. Lamentablemente, personas bienintencionadas creen que lo único admisible es seguir el camino de lo políticamente correcto, sin entender que en el país vecino ya hay una intervención militar en marcha desde hace años, por parte de Cuba, y que decenas de personas mueren a diario por diversas razones originadas en la política, como la violencia criminal en que se ha hundido esa sociedad, el hambre que los ha llevado a la desnutrición crónica o el colapso de la atención en salud.

Eso no quiere decir, sin embargo, que una intervención militar en Venezuela sea algo sencillo de ejecutar, pero sí que es necesario reconocer que los venezolanos no pueden liberarse solos, y que cada día que pasa el chavismo se consolida. Al castrismo le auguraban su caída año tras año, por allá en los sesentas, y todavía sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. A este paso, Maduro se puede afirmar en el poder y mantenerse incólume mientras terminan sus periodos los presidentes que lo resisten (los Duque, los Bolsonaro, los Macri, los Piñera) y llegan otros de su cuerda, que lo justifiquen como el viejo Mujica, para quien no hay que ponerse delante de las tanquetas ni de las balas del régimen.

La situación de Venezuela es tan grave que, aunque el chavismo cayera hoy, tardaría décadas en recuperarse y volver a ser lo que fue, mientras vecinos como Colombia seguirían sintiendo por un buen tiempo los efectos nocivos de la presión fiscal resultante de la migración forzada de venezolanos, que aunque muchos quieran negarlo, constituye un arma para desestabilizar democracias, como lo sugirió el exprocurador Alejandro Ordóñez. No en vano, centenares de migrantes están dedicados a la criminalidad, hay infiltrados maduristas entre los militares desertores que están en Colombia, los casos de espionaje por parte de venezolanos ya son comunes y hasta el Grupo de Río reconoce que hay un plan en marcha para atentar contra el presidente Duque. Todo eso se esconde tras las hordas de migrantes.

El gran problema para instaurar la democracia en Venezuela es que el chavismo le vendió el alma al diablo y hay muchos demonios reclamando su parte, que no dejarán caer ese régimen sin antes sacar partido por todo lo que han invertido. Y no son, propiamente, lo que se dice «buenos muchachos». Por un lado, están países como Cuba, China, Rusia, Irán y Turquía, básicamente. Por otro, hay varias organizaciones terroristas como Hezbollah, el Eln, las falsamente desmovilizadas Farc, el Epl y hasta unas tales Fuerzas Bolivarianas de Liberación (FBL). Incluso, las milicias bolivarianas y los colectivos que reprimen a la población. A todos estos habría que sumar a los mismos militares venezolanos, cuyos intereses son tan valiosos como los de los demás.

¿Y cuáles son esos intereses? No hay duda de que Venezuela es una presa muy jugosa. Dicen que tiene las mayores reservas de crudo del mundo, pero su petróleo no es de calidad y las nuevas fuentes energéticas están remplazando los hidrocarburos. Tiene también inmensas reservas de oro, y allá no les preguntan a las comunidades si dejan explotarlo o no. También les sobran los diamantes, el coltán imprescindible para los productos tecnológicos, y hasta el uranio que tanto necesita Irán en su carrera nuclear. Ah, y no hay que olvidar que, a varios de esos países, Venezuela les debe dinero contante y sonante.

La hermana república también posee recursos hídricos y tierras que tanto le interesan a la China para producción agrícola y pecuaria. Y no son pocos los intereses geopolíticos y estratégicos, incluyendo el tráfico de narcóticos que enriquece al generalato. En fin, podemos darnos por bien servidos si esa dictadura cae en un par de años y si la cifra de muertos no alcanza a ofender a los más pragmáticos. Pero para creer en soluciones pacíficas, no basta con ser optimista.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 8 de mayo de 2019).

Posted by Saúl Hernández

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