En Colombia mueren 6.000 personas en accidentes de tránsito cada año y en el mundo, 1,3 millones. Y más del 90% de los casos se deben a falla humana. Con la conducción autónoma solo habría 100 o 200 muertos en Colombia y no más de 50.000 en el mundo. Sin embargo, se prevé que las polémicas y reclamaciones se incrementarán de manera ostensible como si consideráramos normal que un conductor ebrio ocasione la muerte de una familia entera e inaceptable que el sensor de un vehículo no detecte a tiempo a un niño que corre tras un balón.

Algo similar puede ser lo que está ocurriendo con la construcción de la mayor central hidroeléctrica del país, Hidroituango, que proveerá el 17% de la demanda nacional. El proyecto ha estado desde abril en el ojo del huracán por una crisis ocasionada a raíz del cierre precipitado de los túneles de desviación del rio Cauca —el segundo mayor de Colombia— y de un derrumbe, casi simultáneo, que taponó el túnel auxiliar de desviación, quedando la megaobra en un trance de cuyo desenlace aún no hay claridad.

No obstante, Hidroituango puede ser un caso excepcional de responsabilidad empresarial en el planeta. Su constructora —y propietaria del 46%— es la estatal Empresas Públicas de Medellín (EPM), galardonada como la «Empresa del Siglo XX en Colombia» y reconocida por prestar servicios (energía, agua, gas) con estándares de calidad del primer mundo. Desde el inicio de la crisis, EPM ha puesto las vidas de las personas por encima de la integridad y viabilidad de una central que cuesta cerca de 5.000 millones de dólares, por lo que hasta hoy no ha habido un solo muerto ni entre los trabajadores ni en las comunidades cercanas. Y eso que en mayo pasado hubo una avalancha de agua por el destaponamiento espontáneo del túnel auxiliar.

No obstante, si se analiza la información ofrecida por «serios» medios de comunicación, y por las descocadas redes sociales, cualquiera llegaría a la conclusión de que Hidroituango es ya un tétrico desastre como el de la minera Vale, en Brasil, donde colapsó una presa que guardaba residuos de la explotación de minerales, con un saldo de más de 110 personas fallecidas y alrededor de 400 desaparecidas.

La semana anterior, Hidroituango cerró las compuertas de la casa de máquinas por la que ha corrido el río desde que se taponó el túnel auxiliar. Fue necesario esperar dos días a que la represa alcanzara el nivel del vertedero para que el gigantesco río Cauca volviera a su cauce, pero desde un comienzo los medios prorrumpieron con toda una serie de barbaridades como ‘el río ha muerto’, ‘se secó para siempre’, ‘el daño ambiental es irreparable’, ‘el panorama es devastador’ y otras por el estilo.

En contraste, ese tipo de calificativos poco se usan para describir el efecto que causan en nuestros ríos verdaderos atentados criminales como las frecuentes voladuras de oleoductos perpetradas por el Ejército de Liberación Nacional (107 en 2018); el vertido de una veintena de precursores químicos para elaborar cocaína, en tanto que el glifosato se prohíbe precisamente para evitar la contaminación de las aguas; y la explotación ilegal de oro y otros minerales, destruyendo el cauce de los ríos, y todo el entorno —¡esa sí una devastación!—, con el uso desaforado de dragas y retroexcavadoras, fiebre del oro que ha convertido a los ríos de Colombia en los más contaminados del mundo con mercurio y cianuro.

En el Meta, corazón de los llanos que limitan con Venezuela, el actual verano ya ha desecado varios ríos sin que las plañideras hayan salido a llorar por la ‘devastación y el daño irreparable’. Es que solo se le tira piedras al árbol que da frutos. Es esa izquierda recalcitrante con todas sus comparsas —ONG, pseudoambientalistas de ocasión, profesores universitarios y el periodismo contaminado—, la que espera como ave carroñera que el proyecto reviente y ocasione miles de víctimas. Es tan obvia su mala fe que al conocerse una fotografía que muestra que la casa de máquinas está prácticamente intacta, lo que aseguraría la viabilidad del proyecto, han salido a gritar a los cuatro vientos que se trata de una foto trucada, una fake news para mantener a flote el proyecto. Ya veremos.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 13 de febrero de 2019).

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Posted by Saúl Hernández

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