En Colombia, no hay tema que no polarice; vivimos en un tira y afloje eterno, aun en temas que no deberían despertar mayores polémicas. El último es el derribamiento del edificio Mónaco, una de las tantas residencias familiares del narcotraficante Pablo Escobar.

La tesis de los ‘demolicionistas’ es que hay que acabar con la memoria de este cruento victimario y dejar de glorificarlo y convertirlo en una figura mítica, para pasar a contar la historia desde el lado de las víctimas. Por su parte, los ‘conservacionistas’ alegan que el edificio debió convertirse en un museo para no olvidar la época del narcoterrorismo y así no repetir la historia.

Hay que empezar por decir que el Mónaco se demolió básicamente por dos razones: una, que estaba en ruinas tras años de un progresivo deterioro, y ponerlo a punto costaba 33.000 millones de pesos (US$ 10 millones) según un estudio de la Universidad Nacional. La otra, es que los vecinos estaban hartos de ver el desfile de turistas de baja estofa que visitaban el Mónaco a diario como en una especie de peregrinación.

En efecto, el edificio Mónaco no supuso un grave problema desde que la familia de este perverso criminal lo abandonó a raíz del carrobomba del 13 de enero de 1988. A fines de los noventa, los vecinos se opusieron a que allí se instalaran unas dependencias de la Fiscalía y, luego, una sede de la Policía, pero en general la edificación pasaba inadvertida hasta que, hace unos diez años, el país entró en la órbita del turismo internacional al mejorar las condiciones de seguridad, con lo que empezaron a llegar gentes que querían conocer de cerca la famosa Medellín del narcotráfico, originando los «narcotours», fenómeno que ha crecido sin parar hasta convertir esta ciudad en destino de millares de yonquis norteamericanos y europeos en busca de drogas y sexo.

Incluso, los sacerdotes que regentan el monasterio que actualmente ocupa el predio donde estuvo la cárcel de La Catedral, ese resort que el propio Escobar construyó para ‘someterse a la justicia’, también se quejan de esa horda de turistas indeseables, y eso que de la cárcel no queda nada.

Pero convertir el Mónaco en un museo no solo implicaba los costos de recuperación de la estructura, sino de la dotación y el mantenimiento anual. Los partidarios de esa idea aducían que era buen negocio y ponían como ejemplo el caso de Chicago con Al Capone. También argumentaban que en el mundo se suelen preservar lugares que recuerdan horrores como Auschwitz, y hasta se llegó a mencionar que en Holanda se conservó la casa de Ana Frank, como si fuera lo mismo el hogar de una víctima que el de este psicópata.

De hecho, el gobierno austriaco se propone derribar la casa natal de Adolf Hitler para evitar que sea un sitio de culto neonazi. Solo hasta el 2018 avanzaron en su expropiación y pretenden construir una edificación totalmente distinta que la haga irreconocible. Tal vez, en eso sí se equivocó el alcalde de Medellín: el parque en memoria de las víctimas del narcotráfico que quiere construir su administración en el lote del Mónaco, a un costo de 6.000 millones de pesos (US$ 2 millones), seguramente terminará conociéndose como «parque Pablo Escobar» y seguirá siendo parada obligatoria de los drogadictos en su narcotour.

La otra alternativa del Mónaco era venderlo para convertirlo en apartamentos u oficinas. El Dallas, otro edificio famoso de Escobar, que también terminó en ruinas por una bomba, es hoy un hotel; y el Ovni, cerca al parque Lleras, donde los turistas terminan sus pesadas rumbas nocturnas, tiene espacios comerciales y de vivienda.

La verdad es que el edificio Mónaco no tenía un valor arquitectónico ni de ninguna otra índole: Escobar lo habitó pocos meses, allí no murieron victimas suyas y no fue el epicentro de sus macabras decisiones. De ninguna manera podía considerarse como un referente histórico; tan solo fue un lujoso inmueble del barrio más exclusivo de una contaminada ciudad a la que no le viene mal tener más parques con pasto y árboles, donde el verdor sea el mejor homenaje a la memoria de las víctimas.

EN EL TINTERO: El chavismo no va a caer sin intervención militar, negarse a esa necesidad es hacerle el juego a Maduro.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 27 de febrero de 2019).

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Posted by Saúl Hernández

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