El comunismo es el sistema criminal más grande de la historia. No hay otro régimen, dinastía o época que haya producido una mayor atrocidad. Alguien dirá que en tiempos de bárbaras naciones las muertes fueron más si se compara el número de habitantes, pero esa es una justificación muy pobre al considerar las más de 100 millones de víctimas directas de los regímenes comunistas, una brutal carnicería que está bien documentada en «El libro negro del comunismo» (1997), compilado por Stéphane Courtois.

Pero, acaso peor que las aterradoras cifras, lo más grave es que aún hoy se sigue justificando esa ideología en vez de ser repudiada y erradicada de la faz del planeta como se ha hecho con el nazismo. Paradójicamente, a pesar de que el nazismo provocó menos muertes que el comunismo (alrededor de 25 millones), se sigue teniendo a este como algo bueno por naturaleza, mientras que aquel es poco menos que demoniaco. Hasta se alaba a Stalin por haber derrotado a Hitler, que es como alegrarse por curar la miopía extirpándole los ojos al paciente.

A decir de Courtois, el comunismo ha «erigido el crimen de masas en verdadero sistema de gobierno», por lo que, en palabras de Tony Judt, «nadie puede dudar de su naturaleza criminal», lo que Alain de Benoist, en su libro «Comunismo y nazismo» (2005), reafirma al expresar que el comunista «no ha sido solo un sistema que ha cometido crímenes, sino un sistema cuya esencia misma era criminal». Y lo sigue siendo.

Como es de suponerse, la idea de que se pueda comparar el comunismo con el nazismo, es rechazada con indignación por los comunistas. Pero es que, como dice de Benoist, «las víctimas del uno no borran las del otro, ni es posible apoyarse en los crímenes de un régimen para justificar o atenuar los cometidos por el otro: los muertos no se anulan, sino que se suman». Esto es algo que no han entendido los mamertos en Colombia: nos llaman «fascistas» y nos tildan de paramilitares a quienes estamos contra las guerrillas y exigimos justicia en vez de la impunidad que les brinda el fraudulento acuerdo de paz.

Sin embargo, estar en contra de las guerrillas no nos pone del lado de los paramilitares porque también deploramos sus crímenes, y situarnos del lado de la institucionalidad no nos convierte en guerreristas porque la seguridad no es guerra y la justicia no es venganza. Desvirtuar estos valores constitucionales es un intento abyecto de horadar la democracia. Así, mientras la izquierda añora el totalitarismo comunista, los del otro lado propugnamos por las libertades que le han permitido al ser humano alcanzar los innegables logros que ha obtenido en las últimas décadas: la libre empresa, la libre expresión, la libertad de cultos, la libre circulación, la libertad de pensamiento, etc., todas las cuales son prohibidas por los totalitarismos. Por eso, lo contrario de comunismo no es fascismo, esos son casi sinónimos; lo contrario es el capitalismo liberal, la democracia.

Ahora, de todo esto surge una pregunta esencial. ¿Si el comunismo ha multiplicado por cuatro los crímenes del nazismo, por qué se le sigue defendiendo y promoviendo como un sistema político ideal para cualquier sociedad? ¿Si 20 años de comunismo en Venezuela solo han provocado caos, muerte, corrupción, pobreza, hambre, etc., por qué quien representa esas ideas en Colombia sigue teniendo tantos seguidores?

En su texto, Alain de Benoist explica que el comunismo ha sido mercadeado como una doctrina inspirada en la liberación, la humanidad, la igualdad, la justicia, el progresismo; en últimas, el amor. En cambio, el nazismo estaría inspirado en el odio, en el egoísmo; en lo mismo que se nos atribuye a los que exigimos el condigno castigo para los terroristas de las Farc. Dice el autor que el comunismo ha sido justificado «como un altruista desdichado que mata a quienes pretendía socorrer». La vieja idea del altruismo guerrillero que ha sido muy socorrida entre nosotros, y que recuerda esa máxima aberración del desaparecido ideólogo de izquierda Carlos Gaviria: «Una cosa es matar por dinero y otra, matar para que la gente viva mejor».

En fin, el hecho es que hay una conjura mundial para lavarles los trapitos a los peores criminales de la Historia y de ella no escapa Colombia: para la muestra, los asesinos comunistas visten de saco y corbata en el Senado y los «paranazis», con menos crímenes, de mono naranja en Disneylandia.

EN EL TINTERO: Que en medio de una oleada de ataques sistemáticos contra el cristianismo se incendie «accidentalmente» Notre Dame, es una casualidad insólita, de no creer.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 24 de abril de 2019).

Posted by Saúl Hernández

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