Lamento abusar de este espacio para referirme a algo diferente al reciente acto terrorista que nos enluta a todos, pero, por decisión de la Dirección, es momento de despedirme. No suelo escribir columnas de opinión en primera persona ni referirme a temas personales, pero les quiero contar la historia de un sueño que termina hoy.

Recuerdo que era el único niño de un colegio enorme que leía páginas editoriales –esas aburridoras hojas sin fotos–, cuando todos se disputaban los deportes, las tiras cómicas, las carteleras de cine y hasta las páginas sociales. Y no era solo para hacer la tarea de español con la ‘Gazapera’ de Argos y otras columnas similares, no. A mí, lo que me interesaban eran las columnas de política y economía; pero, sobre todo, las que se dedicaban a denunciar y a hacer críticas merecidas –que no todas lo son– a alguna autoridad.

Terminando la secundaria seguía siendo uno de los pocos bichos raros que le prestaban atención a este extraño arte, pero nunca pensé tener la menor habilidad para acometer esta práctica y, además, daba por sentado que era exclusiva de gente ‘importante’, por lo que no me desvelaba la idea de escribir opinión. Ni siquiera en la universidad, aunque me iba muy bien en la cátedra respectiva, lo que, además, me metió en líos.

En la cafetería, a veces se hacían filas de estudiantes para que les corrigiera sus talleres de opinión, les diera ideas o les ayudara a escribirlos. Una buena asesoría podía hacer el milagro de una buena nota, pero en la facultad decían que yo tenía una fábrica, sí, una empresa que a veces facturaba mil pesitos para tomarme una gaseosa. El verdadero problema fue que me picó el bichito, y me di cuenta de que sí, de que para acceder a un espacio de opinión, en un medio relativamente importante, había que ser alguien ‘notable’.

Pero los tiempos cambian y, años después, eché mano de la tecnología y comencé a publicar por internet una columna semanal bajo el nombre de ‘Opinet’, que vio la luz el 1.° de enero de 1999, antes que cualquier blog en este país. Hacia el 2002 comencé a enviarla religiosamente a periódicos y revistas nacionales y extranjeros, con la sorpresa de que afuera me publicaron primero que aquí.

A EL TIEMPO enviaba esa columna con la persistencia del que sabe que nunca lo va a lograr, pero en octubre de 2005, el editor Álvaro Sierra me pidió ‘autorización’ para publicar la columna de esa semana, y al poco tiempo me adjudicaron este espacio quincenal en el que me han publicado ininterrumpidamente más de 300 columnas en 13 años, actividad que por políticas de este diario es remunerada, lo que para mí ha sido un bálsamo, dada la escasez de oportunidades que tenemos quienes padecemos alguna discapacidad grave.

Así, sin roscas ni padrinos, sin haber sido decano o ministro, sin tener doctorados de Harvard o la San Marino, la mía ha sido la opinión más cercana a la de la gente del común, una opinión de estrato 3, muy lejana de los centros de poder.

Puedo afirmar sin reservas que no le debo un tinto a nadie, que no he tenido canonjías ni contratos; que no he tenido línea directa con nadie, no he aceptado sugerencias de nadie, que nadie me ha dictado nada. Todas las columnas han sido mías por entero, hasta el último punto final; las malas, que han sido las más, y las buenas, algunas de las cuales han tenido altísimos registros de lectura y se han vuelto virales en redes sociales.

Pero todo tiene su final, y este sueño termina aquí. Agradezco en EL TIEMPO a todos los que de una u otra forma lo hicieron posible, como el paciente Luis Noé Ochoa. Y a ustedes, los lectores de este gran periódico, solo me resta expresarles mi gratitud infinita y un ¡hasta siempre!

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 22 de enero de 2019).

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Posted by Saúl Hernández

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