Va llegando a su final este aciago 2020; un «annus horribilis», como se dice que son casi todos los bisiestos. Un año para olvidar, aunque de las cosas malas mucho se aprende. Las pestes se van sin anunciarse, tal como llegan. La historia da cuenta de ello. Pero pueden tardarse uno, dos, tres o más años, y llevarse cada vez más vidas mientras ponen al revés la cotidianidad de toda una generación que, tal vez, no vuelva a recuperar su normalidad jamás.

Por eso, la gran esperanza es la vacuna, la que se ha desarrollado en un lapso relativamente breve, aunque los coronavirus se estudian hace casi 20 años. Mientras el virus permanezca, solo la vacuna puede ayudarnos a retomar el rumbo, devolviéndonos al lugar en el que estábamos, que, a pesar de algunos nihilistas, era —y sigue siendo— el mejor momento de la historia humana, gracias al crecimiento sostenido de nuestras potencialidades. Hoy, un campesino de Birmania o Mozambique puede tener mejores condiciones de vida que un monarca europeo del siglo XIX.

Eso es lo que pone en riesgo una pandemia como esta y lo que debemos recuperar. Muchos irracionales aun no creen en el virus y mucho menos en las vacunas, a las que atribuyen toda clase de males a pesar de ser uno de los mayores avances científicos de la humanidad y deberles buena parte del aumento de la esperanza de vida y la baja tasa de mortalidad infantil. Unos dicen que la vacuna matará a buena parte de la población porque el objetivo de los «amos del mundo» es reducir drásticamente el número de habitantes del planeta. Otros aducen que con la vacuna nos implantarán un microchip para controlarnos; saber qué hacemos, qué pensamos, qué decimos, a dónde vamos, en qué gastamos. Y hay otros, más sabios tal vez, que creen que la vacuna no es más que una inocua solución salina con la que las odiadas farmacéuticas van a facturar miles de millones de dólares para hacerse más ricas mientras se ríen viendo cómo la pandemia se va sola.

Pero, bien dijo Abraham Lincoln, que se «puede engañar a unos todo el tiempo y a todos por un tiempo, pero no a todos todo el tiempo». Los escépticos deberían entender que una cosa es la ciencia y otra, muy distinta, el terreno en el que ellos se mueven, cultivado por el mito, la fantasía, las mentiras, las creencias infundadas y la ignorancia, que es atrevida. La ciencia, en cambio, es replicable y verificable. Un ejemplo es que la Agencia Mundial Antidopaje (WADA, por sus siglas en inglés) tiene un listado de centenares de sustancias prohibidas —como la boldenona, por la que han sancionado a varios de nuestros deportistas— que, en un laboratorio adecuado, con los equipos y reactivos necesarios, pueden ser detectadas en las muestras de sangre u orina de cualquier atleta.

Luego, creer que nadie sabe qué nos están inyectando es demencial. Cualquier experto puede analizar una vacuna y determinar qué sustancias tiene, cómo se hace, cómo actúa en el organismo. De hecho, la ingeniería inversa es vital en el ámbito de los medicamentos genéricos. Pfizer no les dio la fórmula de su Viagra a las farmacéuticas que venden su genérico (sildenafilo) en muchos países. Ellos la analizaron y sintetizaron. La ciencia, como ya se dijo, es replicable y verificable. Por eso, hay que dejarse de ideas tontas y vacunarse. El verdadero problema es: ¿cuándo?

China, Rusia, Reino Unido, Estados Unidos y Canadá ya empezaron. México, Chile, Ecuador, Panamá y Costa Rica aprobaron de urgencia la vacuna de Pfizer, y los dos primeros iniciarán la vacunación esta semana. Nosotros estamos supeditados a que un ente inepto como el Invima apruebe la vacuna y a que su aplicación se inicie, al parecer, en el mes de febrero. Muy tarde, en comparación. Se pretende vacunar, en Colombia, a más de 277.000 personas por día en 2021, pero la logística no es fácil. En Reino Unido vacunaron a 140.000 personas en los primeros diez días, 14.000 diarias, lo que hace suponer que los efectos positivos de la vacuna en la sociedad tardarán meses en manifestarse.

El mundo va hacia un nuevo cierre total. Ya van varias semanas en que las muertes diarias en EE. UU. rondan las 3.000, más que las víctimas del atentado a las torres gemelas, el doble de los fallecidos en el Titanic. En Europa se cancelaron las fiestas de Navidad. En Alemania registran días con 600 decesos que equivalen a la caída de un Airbus A380 todos los días. La señora Merkel llora y el Rey de Suecia reconoce el fracaso de la excesiva permisividad que ha cosechado aplausos por parte de los enemigos de las restricciones. Para ajustar, una nueva cepa detectada en Londres acrecienta la preocupación de todos.

En Colombia nunca bajó el pico de la pandemia. Por casi tres meses hemos tenido un promedio de 175 fallecimientos diarios que no le importan a nadie. Es como si se cayera un Boeing 737 todos los días, pero la gente no se cuida ni cuida de los demás. Y pensar que todavía se recuerda con consternación el accidente aéreo del equipo brasileño de futbol Chapecoense, en el que perecieron solo 71 personas.

Las festividades navideñas comenzaron a hacer de las suyas. Se relajaron las normas el famoso Día de las Velitas (7 de diciembre) y pasamos de 142 fallecidos el 14 de diciembre a 161 el 15, 204 el 16, 227 el 17, 232 el 18 y 249 el 19. También los contagios se han disparado. Esa es la prueba de que, si no se hace algo para impedir las reuniones del 24 y el 31 de diciembre, vamos a tener un enero negro en alerta roja hospitalaria, con miles de contagiados, centenares de muertos y un estricto confinamiento general con graves repercusiones económicas.

Ahora es oportuno preguntarse si los que no se cuidan ni quieren vacunarse merecen atención médica por parte de un personal de la salud que debe exponer su vida. También, si será absurdo pensar que todos los que han muerto en esta pandemia hubieran querido tener la oportunidad de vacunarse. Seamos serios.

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Feliz Navidad para todos y un Feliz Año 2021 en el que dejemos la pandemia atrás.

Esta columna regresa en enero. Mil gracias a nuestros lectores.

Posted by Saúl Hernández

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