Parece increíble pero tras cuatro años de mala prensa por parte de los medios de comunicación más poderosos del mundo y las turbias redes sociales, Donald Trump estuvo a un pelo de reelegirse como presidente de los Estados Unidos. Es más, de no haber sido por la pandemia del covid-19, y propiamente por la disparatada manera como su gobierno intentó controlarla, además de algunas polémicas en otros frentes, este «aprendiz» habría arrasado con el macilento Joe Biden, de cuyo incierto estado de salud mental y avanzada edad física pende ahora la suerte del mundo libre. El solo hecho de tener como fórmula presidencial a una ignota Kamala Harris era motivo suficiente para añorar el triunfo de Trump.

Lo cierto es que para ningún analista «serio», el repelente empresario neoyorquino tenía oportunidad alguna de seguir en la Casa Blanca. Todos —incluidas las encuestadoras— daban por hecho que el resultado sería una paliza histórica de Biden sobre Trump, pero si se mira desprevenidamente el mapa electoral, parece que el rojo de los republicanos predominara sobre el azul de los demócratas. Incluso, Trump superó el número de votos obtenido por Barack Obama en sus dos nominaciones. Es que, era obvio que Trump se impusiera en muchos estados, pero se esperaba que perdiera en la mayoría por cientos de miles de sufragios porque se creía que el ciudadano promedio estaba hasta el cogote de la fantochería del mandatario, por lo que este solo conservaría el apoyo de la Norteamérica profunda, rural e inculta. Un hombre jactancioso, sin duda, pero que ha sido satanizado por hablar sin filtros, carecer de la cauta hipocresía de los políticos y ser de una franqueza punzante. No obstante, sus políticas son compartidas por muchos, sus seguidores están por todas partes.

Por eso, la despótica prensa y los protervos encuestadores son los grandes perdedores. Su sesgo es evidente. Muchos se preguntan si será cierta la posibilidad de que se haya dado un fraude a gran escala, pero no hay claras evidencias de ello. Algunos votos de personas fallecidas o que ya no viven en determinado estado, no son relevantes. Se habla de conteos sin testigos y de votos echados a la basura que seguramente favorecían a Trump. Y hasta se dice que en algún estado se fue la luz, pero habrá que mostrar pruebas. A otros les parece extraño que el conteo se tardara tanto porque estamos acostumbrados al vertiginoso preconteo que se hace en Colombia, que es tal vez lo mejor de nuestro sistema electoral: los jurados cuentan los votos de cada mesa, un delegado suma los votos de todas las mesas del puesto electoral, las registradurías municipales suman los resultados de los puestos, las departamentales suman las cifras de los municipios y en la Registraduría Nacional suman los totales de los departamentos. Por eso tenemos presidente en menos de una hora, pero luego se hace el escrutinio para refrendar los datos —el conteo como tal—, y ese se toma una semana entera o más.

También ha causado cierta suspicacia que, en la recta final, Biden hubiera volteado los resultados de estados como Pensilvania, donde Trump ganaba cómodamente por más de once puntos porcentuales. En cualquier otro caso hubiera sido insólito que, de cada diez votos enviados por correo, ocho fueran para un candidato y solo dos para el otro. Pero es que las palabras de Trump se convirtieron en una profecía autocumplida: él mismo le pidió a su electorado que no usara el mecanismo de votar por correo y su gente obedeció. De manera que hablar de fraude, cuando lo que se esperaba era una derrota estruendosa de Trump, no tiene sentido. Al contrario, la votación obtenida por Trump es una gran conquista que demuestra que es un líder con una gran audiencia dentro y fuera de Estados Unidos.

Otra pregunta que algunos se hacen es cuándo va a dejar la ‘pataleta’ y a reconocer el triunfo de Biden. De lo que podemos estar seguros es de que esta transición se hará sin violencia, al contrario de lo que se preveía si Trump alcanzaba la reelección. Los tablones de protección en puertas y ventanas de muchos comercios en ciudades como Nueva York, Miami y Washington se pusieron para prevenir los desmanes de los demócratas, no de los republicanos. Entre los partidarios de Trump no faltará el loquito ‘supremacista’ que tiene más armas que calzoncillos, pero son los demócratas los que han acogido a decenas de agrupaciones extremistas como Black Lives Matter, Antifa y muchas otras que promueven el uso de la fuerza para alcanzar sus fines revolucionarios. De ahí que la reelección de Trump habría desatado el caos y la destrucción a manos de estos criminales.

Ahora, la pregunta es si los demócratas de verdad van a permitir que Estados Unidos vire a la izquierda como lo ha hecho el Partido Demócrata. Si antes las diferencias programáticas entre los dos partidos eran muy sutiles, ahora son verdaderamente radicales. Los demócratas están claramente volcados a favor del aborto, la legalización de las drogas, la agenda de género, el feminismo radical, la destrucción de la familia, el ateísmo (más que la laicidad), las migraciones sin control, el globalismo, los límites al desarrollo como defensa del medioambiente, el veto a la minería, las reivindicaciones raciales en castigo del blanco, el revisionismo histórico y muchas otras aberraciones del marxismo cultural con las que pretenden destruir los valores tradicionales para acabar con el estilo de vida occidental que ha llevado a la raza humana a impensados niveles de prosperidad y bienestar, y del que Estados Unidos es, quizás, el máximo exponente. Esto con el fin de encaminarnos hacia un gobierno comunista mundial, donde todos seremos esclavos de una pequeña y exclusiva élite gobernante. Y si Estados Unidos cae, cae el mundo entero. ¿Qué tanto tiene esto de fábula y qué tanto de verdad? Se suponía que por Trump no iba a votar nadie y casi gana. Entonces, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Posted by Saúl Hernández

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