Si a alguien se le ocurre decir que Daniel Quintero Calle quiere destruir a Medellín, habría que tomar semejante afirmación en el contexto de ser una crítica de la oposición. Pero que lo diga un concejal del Partido Verde, colectividad que goza de las mieles del clientelismo y la contratación por ser uno de los partidos que apoyan al alcalde, constituye no solo una voz de alerta sino una prueba fehaciente de la gravedad del asunto.

Hasta hace un par de años, Medellín parecía blindada contra populismos como el que arrasó con Bogotá durante esas tres alcaldías nefastas de Lucho Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro. Pero apareció Quintero con su discurso antisistema, tras la contingencia de Hidroituango, y toda esa caterva de jóvenes adoctrinados por Fecode encontró por quien votar. Eso, sin perjuicio de denuncias que señalan la injerencia a su favor de bandas criminales que habrían inclinado la votación en las barriadas pobres de la ciudad.

Como fuere, muchos creyeron que Quintero no sería tan tonto ni tan radical como para hacerse el haraquiri de despeñar a la mejor ciudad del país y correr con el desprestigio. De hecho, las primeras medidas que le tocó tomar contra la pandemia parecían hablar a su favor, pero pronto aparecieron los escándalos, y de un calado suficiente como para justificar un proceso revocatorio que, no obstante, parece condenado al fracaso por su tortuosa reglamentación.

Tal vez lo más grave es que Quintero mintió en sus intenciones con las Empresas Públicas de Medellín (EPM), la joya de la corona de los antioqueños y el mayor símbolo —junto al Metro— de la pujanza paisa, eso que genera tantos amores y odios en el resto del país. El gerente no fue escogido por una firma cazatalentos, como se había prometido, sino señalado a dedo entre los amigos de Quintero para que le «copiara» y le obedeciera cuanto se dictara desde el «olimpo».

Cómo serían de graves las exigencias, sin embargo, que el gerente Álvaro Rendón López entendió que estaban muy por encima de cualquier amistad y dejó de obedecer como perrito faldero lo que le ordenaban desde la alcaldía. De nuevo, Quintero le mintió al país felicitando en público a Rendón cuando a puerta cerrada le pedía la renuncia. Y, en un caso digno de estudio de la siquiatría, el alcalde anunció la abdicación del gerente en reunión de la arrodillada Junta Directiva, a lo que este no tuvo otra opción que desmentirlo.

Para sorpresa de todos, Rendón fue despedido por recomendación de la Junta de bolsillo que Quintero implantó el año anterior tras la renuncia de la que existía. Pero se fue por bueno, por defender los intereses de la organización y los usuarios, y no por malo, aunque cierto es que, a través suyo, Quintero alcanzó a hacer muchas jugadas en materia de puestos y contratos para apoderarse del «ente autónomo», como han sido denominadas las EPM durante sus 65 años, tiempo en el que la clase política ha mantenido el pacto de no meter muchas manos en esa entidad en donde ha primado lo técnico y no lo político, por lo que allí la corrupción se ha limitado a sus «justas proporciones».

Las acciones turbias de Quintero se advierten cínicamente en uno de sus trinos: «Medellín ya no les pertenece». Y, al parecer, podría agregarse que las EPM tampoco. Es decir, ya no nos pertenece, en general, a los ciudadanos honestos y, en particular, a los antioqueños, artífices del éxito de una organización que provee más del 35% de la energía que se consume en el país. Si consideramos el sonajero de candidatos para la gerencia de EPM, sorprende la ausencia de aspirantes de la región, siendo el más opcionado un individuo de Pereira que ni siquiera tiene conocimientos en materia de servicios públicos.

Las EPM podrían quedar en las manos de Daniel Arango, cuya mayor experiencia es la administración de bares y cantinas, y quien fuera nombrado como vicepresidente ejecutivo de Gestión de Negocios de las EPM, desde hace un año, gracias a su amistad íntima con César Gaviria Trujillo. Claro que no todo está escrito, pues tanto Germán Vargas Lleras como Gustavo Petro estarían reclamando sus cuotas de poder, lo que demuestra el grave riesgo que corre esta joya de los antioqueños bajo la égida de Quintero. Lástima que el Estado no pueda hacer intervenciones preventivas sino esperar que todo esté en ruinas como ocurrió con Electricaribe. Acabar lo que bien funciona siempre ha sido objetivo de la izquierda más recalcitrante, y esa es la tarea que le mandaron a hacer a Quintero.

En fin, la esperanza que nos queda podría desprenderse de la encuesta de Invamer del mes de enero, en la que el respaldo a la gestión del alcalde Quintero, bajó de 67 a 55 por ciento y la desaprobación pasó de 27 a 42 por ciento, que son las calificaciones más bajas que haya tenido cualquier alcalde de esta ciudad. Y con sus pérfidas decisiones, el ‘diablo Pinturita’ seguirá cayendo hasta el punto de hacer posible la revocatoria o que el inconformismo social lo lleve a presentar su renuncia. Es que, al niño pobre del Tricentenario, que hoy habita una mansión de miles de millones de pesos cuyo origen se desconoce, cada vez son menos los que le comen cuento.

Posted by Saúl Hernández

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