Mientras el patético Roy Barreras cree que el proyecto de Petro necesita doce años para llevarse a término, con lo que se anuncia desde ya que van a modificar la Constitución para permitir la reelección indefinida y poder así robarse el país y ponernos a «vivir sabroso» como los cubanos y los venezolanos, es preciso mantener la visión de futuro y confiar en que este proyecto criminal terminará por colapsar más temprano que tarde y habrá que retomar el rumbo.

En ese sentido, hay decisiones de progreso que deben tomarse lo más pronto posible para beneficio de miles de ciudadanos y una de ellas es el cierre y conversión en parque del aeropuerto Enrique Olaya Herrera de la ciudad de Medellín. Esta no es una idea del perverso alcalde Quintero o del gobernador Gaviria, sino fruto de la sana lógica y las necesidades de los habitantes de la ciudad.

En primer lugar, Medellín está enclavada en un valle estrechísimo y superpoblado cuya expansión se realiza en las laderas, donde se construyen cada año decenas de edificios que rondan los 30 pisos sembrados en peligrosos barrancos donde las autoridades solo deberían permitir pequeñas construcciones. No se entiende por qué hay constructores que ofrecen estas soluciones de vivienda en terrenos tan inhóspitos ni por qué hay quienes las compran, pero el problema está ahí.

En segundo lugar, no puede ser que la existencia de un aeropuerto secundario en pleno corazón de la ciudad impida que esas torres de 30 pisos y más se construyan en terrenos adecuados, como en una amplia zona central y plana alrededor del mencionado aeropuerto, donde confluyen las comunas de Belén, Guayabal y Laureles, y parte de la comuna de El Poblado y de los municipios de Envigado e Itagüí.

El aeropuerto mismo podría ser edificado, pero reconozcamos que es el gran parque que necesita la ciudad, conectado con otras zonas verdes como el club El Rodeo, el jardín cementerio Campos de Paz y el mismo Cerro Nutibara. En cambio, lo que no se necesita es dedicar un área estratégica a conectar pueblitos como Quibdó, Apartadó o El Bagre, cuyos vuelos pueden operar desde el José María Córdova.

En tercer lugar, el cierre del Olaya debe ser posterior a la construcción de la segunda pista del José María con su respectiva terminal, y a la entrada en operación del segundo tubo del Túnel de Oriente, para que funcione de manera independiente en cada sentido, incrementando la seguridad y la capacidad de circulación. En vez de causar traumatismos, son soluciones que ofrecen ganancias para todos.

Como puede suponerse, estas obras tardarán cinco o diez años en realizarse mientras se multiplican las edificaciones en taludes deleznables. ¿Hay que esperar que una torre de estas se desmorone con decenas de familias adentro para tomar una decisión tan elemental? Ojo, ya hay varias que amenazan ruina.

El Olaya Herrera debe convertirse en el pulmón de la ciudad; sus operaciones deben realizarse desde la segunda pista del Córdova. Y Medellín debe expandirse alrededor de su gran parque, preservando sus laderas. Esperemos que, para entonces, Petro y Roy ya hayan pasado a la historia sin lograr desembalsar a Hidroituango ni frenar la construcción del metro de Bogotá.

Posted by Saúl Hernández

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