Hay quienes opinan que el incidente que protagonizaron Uribe y Chávez en Cancún servirá para mejorar y hasta para restablecer las relaciones entre los dos países como si se tratara de una simple rencilla de muchachos que se arregla con un apretón de manos. Pero si se considera la naturaleza de las discrepancias entre ambos mandatarios es preciso reconocer que no se puede llegar a un arreglo verosímil mientras Hugo Chávez esté en el poder en Venezuela.

Y es que no se puede pasar por alto tan fácilmente que Hugo Chávez es un aliado de las Farc y un sátrapa que ha violentado la democracia de su país para imponer el comunismo en contra de los designios de su propio pueblo, cosa que también pretende hacer con nosotros. Es decir, el coronel no es un vecino cualquiera y por eso no tiene ningún sentido que los dos mandatarios se sienten a dialogar, mucho menos ahora que Uribe está terminando su periodo de gobierno mientras que el ‘varón’ Chávez hará todas las maromas posibles para quedarse todo el tiempo que pueda, hasta que los venezolanos se cansen y lo saquen ruidosamente un buen día de estos. Sólo es cuestión de tiempo.

No es más que un diálogo de sordos el sentarse a la mesa con alguien que delira con la idea de invadirnos y anexionarnos para reunificar el sueño bolivariano de la Gran Colombia; alguien que necesita desesperadamente una salida al Pacifico para exportar su petróleo a China y desprenderse de la dependencia del mercado gringo, paso indispensable para iniciar su combate contra el imperio; alguien que desea fervientemente convertirse en el nuevo Fidel y superar su legado, expandiendo el comunismo a toda América Latina, en lo que el barbudo fracasó.

No seamos hipócritas: lo mejor para Colombia es que el pueblo venezolano le pase cuenta de cobro a quien ha convertido a un país rico en un infierno donde campea el crimen –10.000 asesinatos tan sólo en Caracas en 2009–, donde no hay energía eléctrica, donde escasean los víveres, donde no hay respeto por la propiedad privada, donde se reprime descaradamente a la oposición, donde se coarta la iniciativa privada y donde la hacienda pública se maneja como plata de bolsillo. Allá todo apunta a una catástrofe histórica.

Colombia se debe separar de ese paciente terminal y dejar que la dinámica de los acontecimientos haga su tarea. Es incomprensible que el gobierno colombiano le ofrezca venderle energía a Venezuela como si pretendiera darle una mano al gobierno de ese país para que solucione su crisis. Una cosa es tener sentido humanitario con un pueblo hermano y asistirlo en una tragedia, por ejemplo, y otra, muy distinta, convertirse en alcahueta de un régimen despótico que nos dará una puñalada artera en cuanto pueda. Y todo por unos pesos. Es una verdadera estupidez que evoca aquella máxima de Lenin: “Los capitalistas nos venderían hasta las sogas con las que los ahorcaremos”.

Es cierto que la caída de las exportaciones colombianas a ese país afectan el empleo y la economía nacional, pero también afecta a los venezolanos y a su nefasto gobierno. Ya nos ha quedado claro que no es conveniente depender de un cliente inestable que en cualquier momento nos deja colgados de la brocha, por lo que sería un grave error permitir que esa apreciable dependencia del mercado venezolano, que hubo en los últimos años, prospere de nuevo. Mientras el dictador vecino se mantenga en el poder, eso no significaría otra cosa que vivir a cuenta del chantaje y las intimidaciones que oscilan al vaivén de su temperamento ciclotímico y de sus protervas intenciones.

Por otro lado, puede ser práctico bajarle temperatura a las relaciones con Venezuela con el fingimiento propio de la diplomacia, pero eso no puede implicar concesiones inadmisibles –y suicidas– como renunciar a las mal llamadas ‘bases militares gringas’.

Y seamos claros en algo: no se puede reprochar el legítimo reclamo del presidente Uribe en la Cumbre de Cancún, ni comparar su actitud frentera con la vulgaridad y ordinariez de quien lleva años insultándolo a él y a Colombia entera.

EN EL TINTERO: Con el hundimiento del referendo no sólo se fue a pique un nuevo periodo del presidente Uribe sino el poder mismo del Constituyente Primario. La participación ciudadana en Colombia es una fábula; cinco millones de firmas, millones de votos en dos elecciones y decenas de encuestas (ciencias estadísticas), no valen nada. Es una pena.

Publicado en el periódico El Mundo, el 1 de marzo de 2010

 

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Posted by Saúl Hernández