No cabe duda de que la participación ciudadana en Colombia es un cuento chino. Cuatro millones de firmas no valen nada, aunque son casi el triple de lo exigido por la ley. Tampoco hay duda de que los promotores del referendo incurrieron en muchas chambonadas, pero ninguna de ellas variaba un ápice la esencia del asunto.

Por eso, puede afirmarse que este no fue un fallo en derecho, fue un fallo político. ¿Qué habría pasado si no se hubiera incurrido en ninguno de los cinco vicios que el magistrado Sierra Porto consideró insalvables en su ponencia? Pues lo mismo, porque el propósito era bajar del caballo a un jinete que había acumulado mucho poder, nada más. De hecho, los magistrados se percataron, a última hora, de que una sentencia de inexequibilidad por los vicios señalados sería tan débil como un muro pegado con babas, y se inventaron un vicio de fondo –con un apretado 5-4–, arrogándose la facultad de implantar normas pétreas en la Constitución para que nadie –y muchísimo menos Uribe– pueda ser presidente por más de dos periodos.

Es decir, no importaría que se presenten quince millones de firmas, que no se violen los topes, que se redacte una pregunta con una gramática digna de Cervantes, que la Registraduría certifique el proceso en letras de molde y que en el Congreso aprueben la ley con una disciplina monacal. Ahora el Constituyente Primario carece de la más mínima potestad para poner en funcionamiento un mecanismo de participación directa, que es, de por sí, frustrante para el ciudadano, por la barrera infranqueable de un umbral hipotético que se basa en un universo ficticio de gentes aptas para votar, pero apáticas, en vez de fijarse con base en los votos válidos de las últimas elecciones.

Pero, volviendo al tema, cabe preguntarse también si en el fallo no hay algo de sesgo ideológico. Dicen que el veredicto es prueba de la independencia de poderes en Colombia y de que no somos una banana republic. Pero, ¿qué habría pasado si Uribe fuera un líder de izquierda como Evo, Ortega o Chávez? Me temo que se le hubiera dado paso a la reelección indefinida. Por cierto, no eran neutrales los aplausos que retumbaron en el recinto de la Corte en el momento de leerse el fallo, lo que recuerda que el mamertismo nacional nunca mostró respeto por un gobierno legítimamente elegido por una amplia mayoría.

En cambio, el mejor ejemplo de respeto lo dio, precisamente, el presidente Uribe. Porque los demócratas de verdad ni nos alegramos ni nos afligimos con el veredicto. Estamos tranquilos porque sabemos que las ideas que se han articulado en torno del liderazgo de Álvaro Uribe representan el sentir de quienes sueñan con un país mejor para las futuras generaciones, una doctrina basada en la promoción de las libertades individuales, pero enmarcadas en el orden jurídico; en la igualdad de derechos y oportunidades con sujeción al cumplimiento de deberes, y en el ejercicio legítimo de la autoridad para generar un clima que permita avanzar. Es la cara opuesta del régimen que los tiranos instauran en solares vecinos y al que los violentos nos quieren someter aquí.

El presidente Uribe no ha hecho otra cosa que fortalecer la democracia colombiana durante toda su trayectoria política, sobre todo desde cuando recibió la conducción de un Estado fallido y una sociedad desesperanzada. Hay que tener memoria para que no nos reescriban la historia y no caer en el error de entregarles el timón a personajes que transigen con los violentos. Las Farc se trazaron el objetivo vital de pasar el “chaparrón de Uribe” y sería de lamentar eternamente que nos dejemos seducir por cantos de sirena y nos devolvamos a pocos metros de la orilla. Bien dice Juan Manuel Santos –en Jaque al terror– que quienes hereden esta empresa estarán parados “sobre hombros de gigantes”, de un gigante que señaló un rumbo que se debe mantener. Y, justamente, nadie mejor que Santos para mantener el curso.

Publicado en el periódico El Tiempo, el 2 de marzo de 2010

 

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Posted by Saúl Hernández