Todos los días se confirma que el gobierno del apagón es este, el de Juan Manuel Santos. Esta administración ha llevado a Colombia a apagarse en muchos sentidos y está a punto  de llevarla a un apagón energético como le tocó al de Gaviria hace 25 años. Si algo caracteriza al actual gobierno es un nivel de irresponsabilidad ‘nunca antes’ visto, que se traduce en poner el retrovisor cada vez que necesita sacarse en limpio y en no tomar las medidas necesarias en el momento adecuado.

La realidad tiene arrinconado a Santos. Las encuestas demuestran que el país rechaza su gestión: una de YanHaas puso su favorabilidad en el 16%, la de Gallup en el 24% y la más reciente, de Ipsos-Napoleón Franco, la ubicó en el 25%, con lo que queda claro que si no fuera por el cuentico de la paz este señor habría caído en el ostracismo hace rato, y que ni eso lo salvará de ser recordado como el peor presidente de la historia nacional. A estas alturas de su segundo mandato, Álvaro Uribe no bajaba del 70%, y eso que en 2008 le tocó capotear una terrible crisis económica mundial.

Santos es irresponsable por naturaleza, pero ahora con mayor razón se cohíbe de tomar decisiones impopulares porque se encuentra en un estado de debilidad que tiende a empeorar, hasta tal punto que la oposición se atreve a pedir su renuncia sin que salgan a defenderlo más de tres o cuatro lagartos.

Las autoridades que manejan el tema energético en el país (XM y el Consejo Nacional de Operación) le aconsejaron al Gobierno hacer cortes de suministro entre las 6 p.m. y las 9 p.m., horas en las que hay una gran demanda que pone en riesgo la estabilidad de un sistema en alto grado de fragilidad por la salida de operación de la hidroeléctrica de Guatapé —que también afecta la producción de Jaguas, Playas y San Carlos, la central de mayor capacidad del país— y de Termoflores, pero ‘Juampa’ no se atreve porque su desprestigio está en niveles críticos y aun le quedan muchos meses a su mandato.

Así que, fiel a su mediocridad, se la juega con unas campañitas de ahorro y la figuración en los medios mostrando los porcentajes diarios que la ciudadanía ha economizado en una cartelerita. La verdad es que en estos seis años, Santos ha tenido mucha suerte en casi todas las manos de póquer que se ha jugado; cuando ha perdido, ha sido con apuestas bajitas, cuyos golpes han podido ser amortiguados con airbags de mermelada y de promesas de paz, esa entelequia que parece justificarlo todo, pero desconocer el concepto técnico de los expertos es, verdaderamente, jugar con candela, y a menos que las lluvias de la última semana hayan llegado para quedarse, esto podría darle el puntillazo final.

La mala imagen y las bajas calificaciones del Primer Mandatario ponen en vía de colisión los diálogos habaneros. Un plebiscito es, en esencia, un acto de aprobación o de rechazo al gobernante de turno, y la posibilidad de que Santos lo pierda es alta a pesar de haber reducido el umbral a su mínima expresión. Por eso se ha venido rumorando que no se va a realizar y salen voces fletadas, como la del Fiscal General —y hasta la del contralor Maya Villazón—, a pedirle a la Corte Constitucional que lo declare inexequible con el argumento de que la “paz” no requiere refrendación porque es de “obligatorio cumplimiento”.

El plebiscito sufrirá la misma suerte del referendo. Santos le hará ese conejo a los colombianos no solo porque teme perderlo sino porque las Farc defenestraron ese mecanismo y exigen una constituyente; la han reclamado en todos los tonos y sin ella no habrá acuerdo. Una constituyente compuesta a su amaño para escribir una Carta Política a su medida y convertir nuestro Estado de Derecho en un régimen comunista. El Presidente no tardará en hacer esa concesión final porque el apagón de su gobierno es también ético y moral, es una lobreguez nunca antes vista, es de unas tinieblas cada vez más sórdidas.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 14 de marzo de 2016)

 

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Posted by Saúl Hernández

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