En estado de naturaleza parece que viviéramos en Colombia. Y con cinismo, le echamos culpas a los gobernantes de turno como si cada uno pudiera eximirse de su propia cuota de responsabilidad. El  vértigo con el que se suceden los acontecimientos es tal que cada hecho deplorable es sepultado por otro peor, y nos vamos quedando sin tiempo de decantar lo que pasa en este que es el ‘país más feliz del mundo’, acaso porque amanecer vivo es un milagro y sobrevivir otro día ileso es mucha gracia.

Y es que a pesar de que venimos mejorando en nuestro clima de violencia, los acontecimientos de las últimas semanas nos hacen suponer que las cosas están empeorando. Tal vez más grave porque no se trata ya de sucesos relacionados con el conflicto armado sino con la pérdida de valores y la corrupción social.

De acuerdo con las estadísticas del Instituto de Medicina Legal, en el 2008 ocurrieron 26.958 muertes violentas en Colombia. De esas, el 56 por ciento corresponden a homicidios, con un total de 15.251, y un 21 por ciento a muertes en accidentes  de tránsito, con 5.670 víctimas fatales. Eso quiere decir que a diario, hubo 41 casos de homicidio y  15 personas perecieron en las calles y carreteras del país. El porcentaje restante corresponde a otros tipos de accidentes y a casos de suicidio.

En términos generales, es una buena noticia. La tasa de homicidios cayó de 37 a 34 (por cada cien mil habitantes) con respecto a 2007. El descenso en el índice de homicidios ha sido constante desde que se implementó la Seguridad Democrática. No podemos olvidar el tenebroso panorama del que venimos, cuando en las décadas de los ochentas y noventas los homicidios rondaban la cifra de 30.000 anuales. En el año 2002 hubo 28.837 homicidios, para una tasa de 65 por cada cien mil habitantes. Ya en 2004 los logros eran evidentes, bajando el índice a 44 por cada cien mil; un descenso del 33 por ciento, la tasa más baja desde 1985 cuando estaba en 40.

No obstante, es evidente que podrían evitarse muchas muertes controlando factores de riesgo en materia de accidentalidad vial y en el número creciente de homicidios absurdos que estamos padeciendo a diario. El caso de la familia completa que murió en el río Cauca al caer el microbús en el que se desplazaban es un típico caso de exceso de velocidad que cada mes produce una nueva tragedia. La Corte Suprema de Justicia determinó que desde la Semana Santa anterior, las muertes por exceso de velocidad darían cárcel. Eso está bien pero las autoridades deberían hacer un esfuerzo más claro para controlar a los conductores y evitar otros comportamientos arriesgados como el no uso de puentes peatonales.

En cuanto a los homicidios es preciso enfocar la política criminal a reducir la impunidad que se calcula en el 97 por ciento. Entre otras cosas para que después la gente no intente hacer justicia por mano propia. Es inaceptable que en el caso de Johana Macías, la madre que asesinó a su bebé recién nacido en Piedecuesta (Santander), ya se esté sugiriendo la posibilidad de pedir clemencia, alegando ‘depresión post-parto’, e incluso se haya puesto en riesgo su captura con el argumento de que su arresto fue improcedente.

El año anterior, 25 madres asesinaron a uno o a varios hijos, lo propio hicieron 6 padres. Cada tres días, una persona es asesinada por su pareja. Los casos de violencia intrafamiliar, en 2008, de manera contraria al índice de homicidios, subieron de 77.745 a 89.803. Se está volviendo un virus el tema de los menores abusados sexualmente por sus propios parientes, los bebés botados a su suerte en cualquier parte y los bandidos adolescentes, entre otros problemas. Y en todo eso asoma un factor común: de un lado se carece de acciones preventivas y, del otro, no hay sanciones.

Rousseau decía que el estado de naturaleza es un estado original de pureza, degenerado por un proceso de civilización que origina vicios, conflictos, pasiones y desigualdad. Hobbes, en cambio, sostiene que el ser humano es egoísta y malo por naturaleza, y arguye que es necesario pasar del estado de naturaleza al Estado de sociedad mediante el imperio de la ley. Pero aquí la impunidad es norma y los jueces ponen a los delincuentes en la calle sin  ninguna explicación. Así no vamos a ningún lado.

Publicado en el periódico El Mundo, el 22 de junio de 2009 (www.elmundo.com).

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Posted by Saúl Hernández