Mientras el dictador vecino le saca provecho a su invierno como excusa para arrasar con lo poco que queda de democracia, aquí lo hemos tomado muy frívolamente, creyendo que esto se soluciona con teletones y limosnitas. El Gobierno prefirió organizar una colecta nacional (Colombia Humanitaria) en vez de echar mano de los decretos de emergencia y coger el toro por los cuernos, lo que dio la impresión de que en la Casa de Nariño no han dimensionado la tragedia ni entendido que la luna de miel se acabó. Si la melosería con nuevos mejores amigos hizo sentir un fresquito que remontó al presidente Santos a la estratosfera de la popularidad, aquí le llegó un reto que lo puede dejar con el agua al cuello, y a sus locomotoras, en el fondo del estanque.

Se requieren 10 billones de pesos, cuando menos, para darle soluciones permanentes a esta calamidad nacional, que soporten temporadas invernales futuras y más agresivas. Y para eso necesitamos una organización que no tenemos, ni como institución ni como esa disposición sociocultural que anima a algunos pueblos a afrontar sus retos con excelencia y prontitud. Como ocurrió en Chile con el rescate de los mineros.

Salir de esta va a costar mucho dinero, por lo que la mejor solidaridad es pagar impuestos (y meter a la cárcel a los que se los roban). Es hora de dejar a un lado la promesa de campaña de no elevar impuestos porque los hechos son los que imponen las necesidades y este invierno será determinante en la obra de gobierno de la actual administración. En vez de seguir jugando a que no pasa nada y que esto es asunto de la Primera Dama, ya se debería haber puesto a consideración del Congreso una reforma tributaria para atender la reconstrucción del país, echando mano de herramientas como aumentar un punto del IVA, entregarle las regalías petroleras al gobierno central, acabar con las CAR (focos de clientelismo, corrupción e ineficiencia), prohibir gastos superfluos y redirigir partidas; vender activos, gravar los grandes capitales, etc.

Se dirá que esto es exagerado, sobre todo al confrontarlo con la tranquilidad que exterioriza el Presidente, pero no lo es. Sería lamentable que el país se tarde un año en abrir los ojos y aceptar la gravedad de la catástrofe porque, para entonces, ya se habrá llevado también la esperanza de la Prosperidad Democrática. Si el desastre es una oportunidad, como dicen, hay que tomar ese tren ahora.

Por otra parte, no es procedente excusarse asumiendo que esta tragedia era imprevisible por la extrema crudeza del invierno que padecemos, cuando está claro que nos hemos pasado por la faja todas las normas de prevención de desastres invernales, y nuestros dirigentes han sido negligentes para evitarlo. Son muchos los daños que es preciso revertir.

Los ríos están sedimentados por la minería y la deforestación generalizada (en buena parte por la siembra de cultivos ilícitos), y han perdido así capacidad hidráulica. Toca dragar cientos de kilómetros y reforestar miles de hectáreas. Hay que recuperar las ciénagas, los humedales y los retiros de ríos y quebradas.

Lo de Gramalote es apenas una anécdota. Será necesario reubicar decenas de municipios y barrios completos. Muchos otros pueblos, en áreas críticas, tendrán que ser reconstruidos con viviendas tipo lacustre para prevenir las inundaciones cíclicas. También habrá que construir grandes obras de ingeniería, no simples jarillones de tierra floja, y los edificios públicos tendrán que contar con diseños que minimicen los daños. Las carreteras habrá que rehacerlas; se necesitan kilómetros de túneles y viaductos para no tener que colgarlas de esas laderas deleznables.

Hay que oír más a los expertos y menos a los políticos. La que aguarda es una tarea titánica: reconstruir el país. No esperemos una década para adaptarnos a esta nueva realidad.

(El Tiempo, 21 de diciembre de 2010)

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Posted by Saúl Hernández

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