Siempre se ha dicho que la problemática colombiana está directamente ligada al tema de la tenencia de la tierra: de un lado, la pobreza y, del otro, la violencia, sobre todo la que proviene del narcotráfico, el paramilitarismo y la subversión. De narcos y ‘paras’ se sabe que hicieron una contrarreforma que concentró excesivamente la propiedad rural y los convirtió en dueños de buena parte del país. De las guerrillas, se dice que una reforma agraria sería un remedio infalible para que dejaran de echar tiros. Una tesis sumamente utópica porque las Farc no andan dando coletazos en pro del campesinado –pobres entre los pobres–, sino de esa visión fanática de gobierno, cuyo fracaso acaba de reconocer el mismo Castro, en un desliz de senilidad.

Sin embargo, en las discusiones sobre reforma agraria prima un componente reivindicativo que nada tiene que ver con la prosperidad ni con derrotar la pobreza. No estoy sugiriendo que sea preferible mantener el statu quo de la tierra como luce hoy, pero tan solo restituir tierras usurpadas y titular parcelas a campesinos es devolverlos y condenarlos a una existencia marcada por el desamparo y la pobreza, que es como se vive en el campo.

¿Alguien sabe cuántos desplazados han llegado a las ciudades huyendo de la pobreza y no del conflicto? ¿Cuántos posan como desplazados de la violencia para asegurarse los beneficios que otorga el Estado y cuántos están dispuestos a regresar al campo, donde no ven oportunidades de mejorar sus vidas? De hecho, hay síntomas preocupantes, como la escasez de mano de obra para recoger café a pesar de ir a la fija con pasaje, comida y estadía gratis, y tres meses de trabajo como mínimo a más de 30.000 pesos el jornal.

Desde cualquier escritorio de Bogotá, el retorno al campo parece idílico, pero no lo es: el campesino recibe una o dos hectáreas, siembra unos productos de pancoger, tiene unas gallinitas y unos cerdos, un par de vacas y una mula. Pero, ¿qué puede cultivar que sea rentable frente a los productos subsidiados del primer mundo, que también son mucho más competitivos por sus avances genéticos y el uso de excelentes fertilizantes y herbicidas? Además, todo queda lejos: el pueblo, el centro de salud o la escuela, que, cuando la hay, toca atravesar ríos sin puentes o desfiladeros espeluznantes en azarosas tarabitas para llegar a ella.

Con toda razón, el presidente de Fedegán, José Félix Lafaurie, me refería las dificultades de competir con los lácteos europeos aun con un periodo de desgravación de 20 años. En la campiña francesa, suiza o italiana, un camión pasa, por caminos asfaltados, recogiendo la leche de los productores mientras nuestro campesino debe agarrar su mulita e irse por las breñas con dos cantinas de una leche baja en proteínas porque el forraje es de mala calidad.

Cuando hay protestas del sector agrícola en Argentina, lo que se ve es una fila de tractores; en Colombia, nuestro campesinado no ha superado la era del machete, que es como estar en la edad de piedra. La solución a la crisis económica de Argentina en el 2001 se debió, en gran parte, a que, aprovechando el alza constante de los precios de la soya, sembraron 20 millones de hectáreas en sus pampas, una enormidad en comparación con toda el área cultivada en Colombia –coca, café, banano, yuca, fríjol, caña, etc.— que es de apenas cinco millones de hectáreas. Y esas pampas las cruzan múltiples carreteras, que recorren centenares de camiones que llevan la cosecha a decenas de puertos a lo largo del país. Es que, por donde se mire, nuestro atraso es tremendo.

Acumular tierras ociosas es una aberración medieval y no gravarlas drásticamente es un disparate. Pero, al margen de hacer justicia recuperando las tierras robadas y quitándoles ese símbolo de poder a los delincuentes, lo que se requiere es hacer del agro un buen negocio generador de empleo, no simplemente reprobar el latifundismo. Lo importante es que el gato cace ratones.

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Posted by Saúl Hernández

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