La democracia tiene sus bemoles. Bien decía Churchill que se trata del peor sistema de gobierno conocido a excepción de todos los demás. Es decir, es la única alternativa pero está lejos de ser perfecta, precisamente por ser obra humana. Las pruebas de ello las vemos a diario.

Muchos se preguntan por qué el país de mejor desempeño económico en el área y uno de los de mayor crecimiento económico en el mundo en los últimos años, como es Perú, cayó en manos de un caudillo antisistema, golpista, nacionalista, populista, izquierdista y demás, en vez de haber asegurado un tránsito tranquilo a un gobierno que mantuviera el crecimiento sin coartar las libertades.

Lamentablemente, en nuestros países prima una gran capa de votantes que tienen vacíos tanto sus estómagos como sus cabezas —pues la ignorancia generalmente va de la mano de la pobreza—, a los que basta con ofrecerles promesas ilusorias e imposibles de cumplir para obtener sus votos.

La economía peruana ha crecido a un ritmo admirable y sostenido, pero eso no se ha visto reflejado fielmente en el bienestar de los más necesitados porque ese no es un efecto automático. Sin embargo, por mucho que se vitupere al sistema capitalista, este es el único que ha demostrado con hechos su capacidad para brindar bienestar y sacar gente de la pobreza.

Para el comunismo, en cambio, ese ni siquiera es un propósito. A este sistema le es difícil alcanzar bienestar para todos porque la riqueza no se logra por decreto y toda decisión que restringe la iniciativa privada también limita el crecimiento. Por eso, como lo reconoce Felipe Quispe, activista indígena boliviano, el comunismo no es para que los pobres tengan zapatos sino para que todos —pobres y ricos— usen alpargatas, o sea, para que todos sean pobres. Lo que ofrece el comunismo es una igualdad por lo bajo, una igualdad reivindicativa que algunos confunden con justicia.

Claro que la izquierda ha hecho actos de contrición en países como Chile y Brasil. La llamada ‘Concertación chilena’ gobernó su país por dos décadas con el rótulo de izquierda pero con políticas de derecha. Lo mismo pasó con Lula, de quien se temía que llevara al Brasil por la senda de la estatización de la economía. Nada más errado. No fue sino posesionarse para emprender reformas neoliberales —como la pensional y la laboral— que llevaron a los radicales del Partido de los Trabajadores, su partido, a tildarlo de traidor.

Muchas corrientes de izquierda reconocen que la economía de mercado es la que produce desarrollo y, por tanto, han decidido estimularla o, por lo menos, no obstaculizarla, y tratan de marcar diferencias suprimiendo los excesos del neoliberalismo y propendiendo por reformas sociales humanizantes. El sueño de muchos es alcanzar el estado de bienestar europeo —hoy convertido en pesadilla por la quiebra de varios países—, pero nuestros países están lejos de ese nivel. Entonces, solo queda esperar que el paso que ha dado Perú sea el de practicar un izquierdismo light mientras la economía continúa su marcha exitosa.

El problema es que Ollanta Humala no parece ser un pragmático dispuesto a gobernar cuatro años con inteligencia y sentido común sino un fanático que intentará atornillarse al poder valiéndose de todas las artimañas y sin importar que apenas ganó con un dos por ciento de ventaja, para imponer el modelo chavista. No en vano se rumora que los dinerales que gastó en la campaña fueron aportados por Hugo Chávez.

No será pues progreso lo que tengan los peruanos. Y todo por no tener argumentos en la cabeza para dudar de los ofrecimientos de quienes prometen llenarles el estómago.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 13 de junio de 2011)

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Posted by Saúl Hernández

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